INVESTIGANDO A LA MUERTE
Por: Rogelio González Cortés
Como agente detective, no tenían
cabida los mediocres y aquellos que no tenían iniciativa.
Le habían dado una orden, al parecer
por ser el mejor del Grupo de Homicidios y era cierto, era el más avezado
policía de toda la Procuraduría. Samuel investigaba con pasión los casos por lo
que conseguía captar la atención de todos los compañeros. Al menos eso le había
dicho su jefe, el Procurador, cuando tomaban una taza de café en el cubículo
destinado como salita de lunch.
En un momento de la plática, su jefe
le planteo una promoción que estaban por poner en práctica en el Departamento
de Homicidios, como había un solo grupo especializado con cuatro agentes, con
uno de ellos al mando, que dependían directamente del Procurador, se pretendía
formar cuatro grupos especiales contratando a dieciséis nuevos detectives
dirigidos por un CC (Comandante Coordinador) y se había pensado en él para
ocupar el puesto. El ascenso era magnífico, de simple agente, subir a Comandante
era una magnífica oportunidad. Pero había un problema. El departamento tenía un
caso pendiente. Y la orden era resolverlo en veinticuatro horas. Si antes de
las ocho de la noche del día siguiente no estaba solucionado, podía despedirse
de su prometedor ascenso y el puesto se lo darían a otro.
Samuel era egresado de la Facultad de
Criminología, de nada habrían servido sus largos desvelos en la universidad por
conseguir las más altas puntuaciones. Ni estar bajo la suela del zapato de su
ahora jefe por un sueldo que no le pagaba ni los gastos vitales del mes. Si no
lo lograba, quien sabe qué diablos pasaría con su carrera, máxime cuando
esperaba casarse a vuelta de año. Y si lo lograba alcanzaría el sueño de su
vida, CC de Homicidios. Representaba un cambio radical en su vida.
El caso tal vez no era muy complicado,
se trataba de la desaparición y muerte de personas sin dejar el menor rastro,
ya se contaban más de doce y todas en la Alameda en el centro de de la ciudad,
de hecho, no existía ninguna averiguación previa, no se tenía ni una línea de
investigación que seguir, el caso estaba totalmente estancado. Así es que manos
a la obra e iniciar la averiguación.
Samuel se dirigió al céntrico parque y
se sentó en una banca esperando la inspiración. Observo a niños jugando, ¿qué
hacían fuera del colegio a esa hora? iban a dar apenas las once de la mañana,
era martes. Vio personas paseando perros, gente que corría haciendo ejercicio,
ancianos agotados estáticos como estatuas integrados en las bancas que le
servían de sostén para no dejarlos caer en cada dormitada, parejas de jóvenes seguramente de otras
entidades, esperando alguna señora que contratase de sirvienta a la mujer o de
albañil al hombre, palomas, pajaritos, árboles viejos desojados unos, frondosos
otros, la gran fuente que con dificultad escupía apenas un pequeño chorro de
agua. Ese era el lugar donde se creía ocurrían las desapariciones.
No podía investigarlos a todos. Entonces
su vista se fijó en una banca, la que tenía justo enfrente. Frunció el ceño al
ver periódicos arrugados y dentro de ellos a un mendigo de unos cuarenta años,
harapiento, vestido con una playera gris que antes había sido blanca y barba de
varios meses. Ese hombre no se había bañado en toda su vida, suposición por el
aspecto de la suciedad de su cara. Le llamó la atención porque en todo el
tiempo que había estado sentado en ese lugar no se había fijado en él. Era como
si hubiera aparecido de repente. La situación era para Samuel tan habitual, al ver
vagabundos por las calles, que siempre pasaba de largo sin percatarse de su
existencia.
Y qué tal, pensó, si ese hombre, que
de seguro esa banca era su morada, sabía algo que pudiese tener relación con su
apurada investigación. Claro, su instinto le dijo que ahí tenía una pista. Se
levantó decidido y se paró junto a él.
-Disculpe, ¿puedo hacerle unas preguntas,
inquirió cuando lo vio parpadear.
-Pues claro que puedes. Llevo tantos
años escondiéndome de los policías que me había olvidado de lo que era ser
famoso. Bromeó el mendigo.
-Rayos, pensó Samuel, éste sabe que
soy policía.
-¿Cómo se llama?
-Pues si de algo te sirve; Soy Antonio.
Samuel iba a preguntar otra cosa pero
dudó si reír por los aires de grandeza que mostraba el tal Antonio o enojarse porque
el hombre se creía superior a él.
-Esta noche voy a morir. Dijo de
improviso. Explicó convencido y sonriendo el vagabundo, -Así es que, que puedo
perder.
-¿Y cómo lo sabe?
-He tenido un sueño y he visto que
ocurrirá.
-Pero eso no significa nada, los
sueños no son reales.
-Sí, porque ya he soñado otras cosas
que se han cumplido.
-Mire, soy Samuel y trabajo como. . .
bueno intento ganarme un puesto en la chamba que hago. Me han dado un plazo de
un día para que solucione un caso y pensé que usted podría ayudarme. A lo mejor
usted sabe lo que aquí en la Alameda está pasando, así es que si es tan amable
de contestar mis preguntas se lo agradecería. No puedo pagarle, pero le prometo
que si me dan el puesto le invito a cenar mañana.
-Bien. Le voy a contar algo.
-¿Cómo qué?
-Un secreto, pero tengo hambre así que
si me invita a unos tacos. . .
-Lo siento, tengo lo justo para comer
yo solo y no voy a sacar dinero del cajero para alimentarle.
-Hombre, allí está el puesto, huelo los
tacos desde aquí. Vamos no sea tacaño, le prometo que mi secreto vale la pena.
-¿Sabe qué? Se los traeré si es algo
que me interese de verdad.
-¿Cómo voy a fiarme de un extraño? Protestó Antonio. -Necesita demostrar que
puedo confiar en usted. Es mi secreto y no se lo voy a contar a cualquiera.
Samuel suspiró y termino aceptando.
Como dijo el vagabundo, el puesto estaba a la vuelta de la esquina. Estuvo
siempre ahí pero era una de esas cosas de Monterrey a las que se había
acostumbrado, lo veía como un decorado más de la ciudad.
-Deme una orden, pidió un tanto
avergonzado de que alguien conocido lo sorprendiera.
-¿Con cebolla, cilandro y salsa?
-Sí.
-¿Todo?
-Completo sí, dese prisa por favor.
Cuando los tuvo envueltos en la bolsa
de plástico caminó lo más rápido que pudo hasta el mendigo, que no se había
movido de su sitio.
-Eres un ángel del cielo, Samuel. Eso
es lo que eres, gracias... Umm, cómo huele, ha de estar sabroso y con el hambre
que traigo.
Samuel le entregó la bolsa con los
tacos y vio que la desenvolvía con sumo cuidado mientras se sentaba, apartando
los periódicos. El tipo estaba muy flaco y los dientes los tenía bien, no eran
negros como imaginaba. Su ropa no se veía pasada de moda, solo sucia y
desgastada. Tenía un pantalón vaquero y unas botas con la suela medio
despegada. En el pecho, bajo la playera gris que como dijimos, quizás un día
fue blanca, traía un dije tan mohoso que se perdía en la suciedad que más lo ennegrecía.
Al descubrir Antonio el manjar que le
había traído Samuel, sonrió como si viera la octava maravilla del mundo.
-¿Con cebolla?, Exclamó, -Dios, la
detesto. Su cara cambió radicalmente y tiró los tacos como a tres metros de
distancia. Casi alcanza a un viejito y
éste, al ver quién se los había tirado optó por seguir su camino sin darle
importancia.
Samuel no podía creer lo que estaba
viendo.
-¿Pero qué ha hecho? Preguntó,
horrorizado.
-¿Te gustan a ti? Inquirió él con
mirada de loco.
-No, pero si no los quería podía. . . Daba
igual lo que hiciera, eran veinticinco pesos. Y ese estúpido los había tirado
por que tenían cebolla...
-Tráeme otros que solo tengan salsa. .
. La cebolla no la quiero.
-No pienso hacerlo, usted está loco.
Si quiere vaya y coja esos que tiró.
Antonio lo miró espantado. -¿Qué los
recoja? ¿Como si fuera un perro? ¡Nunca!
Samuel se mordió la lengua y observó a
su alrededor avergonzado. Ver a un vagabundo llamar la atención no era algo en
lo que la gente se fijara, pero sí se fijaban en los que hablaban con ellos.
-Es inútil, voy a buscar otra persona
que me ayude. Dijo Samuel lleno de coraje.
Se alejó de él esperando que no lo
siguiera. Pero Antonio hizo algo peor, se puso a gritar con todas sus
fuerzas. -Se lo contaré a otro, mi
secreto, se lo contaré a otro. Luego no llore si no le dan su puesto porque no
me trajo unos tacos a mi gusto.
En ese momento vio a David, un
compañero también detective al que quizá le habían dado la misma encomienda y
ofrecido el mismo puesto, llegar a la Alameda en dirección al vagabundo y le
entró cierta duda. Ese hombre lo estaba avergonzando y no podía consentir que
su compañero lo presenciara.
Se dio la vuelta y caminó hasta él
diciéndole: -Le traeré otros tacos sin
cebolla, pero por favor, deje de gritar.
-Por supuesto. Aceptó Antonio
sonriendo.
Corrió a buscar su segunda orden y
esta vez se aseguró de que sólo le pusieran salsa. -Aquí tiene, ya puede contarme
el secreto. Le dijo al estar frente a
él.
Pero el vagabundo se puso a comer los
tacos con sumo placer y lo ignoró por completo. No volvió a mirarlo hasta que
se terminó los seis tacos que conformaban la orden.
El vagabundo se lo tomó con mucha
calma. Se limpió con las servilletas que venían en la bolsa y después de
limpiarse los dientes con su propia lengua y extraer los trozos de tortilla con
la uña de su dedo meñique, lo miró como si fuera a contarle el misterio más
inquietante de la historia.
-Verá, por las noches, suelo ver a un
hombre de negro, como un sacerdote que sigue a las personas que no van a vivir
más de un día.
-¿Cómo? Exclamó Samuel.
- Sí. Se lo juro, es un tipo
extrañísimo nunca le veo la cara, es como muy pálido y siempre le veo de noche.
Ya le he seguido varias ocasiones, el sigue a alguien que se desvela y por aquí
pasa y acaba muriendo la persona a la que sigue.
-¿En serio?
Samuel perdió interés, ese hombre
estaba loco.
-Puedo comprobarlo, Insistió Antonio
con exagerada ansiedad. Busque a . . . Benjamín. Sí, ese fue el primero. Estas
visiones me han destrozado la vida. Es la Muerte. Dijo poniendo especial
énfasis en la palabra. Nadie más que yo le veía. Me fijé en el detalle de que
no proyectaba sombra alguna.
-Si iba de negro y era de noche, ¿cómo
podía verlo? Preguntó Samuel.
-Caramba, no estamos en el monte. Esto
esta urbanizado, había luz en la calle, explicó enojado.
-Ok. . . Samuel saco una pequeña
libreta y apuntó el nombre de Benjamín.
Chéquelo. Salió en los periódicos,
murió en su casa de un infarto. Luego, semanas después, o meses, no recuerdo, me
siguió a mí. . . Quise espantarlo, cogí el coche y traté de atropellarlo. . .
pero con tan mala suerte que mi mujer salió a ver qué pasaba y me la llevé por
delante. . . Esa méndiga Parca me utilizó para matar a mi esposa. . .
-Cuánto lo siento. Se sinceró Samuel.
-Fue horrible, me acusaron de
homicidio, me encerraron en la cárcel durante tres años y cuando salí ya no
pude conseguir trabajo, lo perdí absolutamente todo y aquí estoy, ni siquiera
tengo para comer.
Se notaba dolor en su voz mientras
hablaba.
- El banco me embargó todo, para
recuperar la hipoteca que acabábamos de pedir: La casa, el coche, todas mis
inversiones. No me iba mal, pero al salir de la cárcel me encontré en la calle,
solo y sin un centavo.
-Es una historia desgarradora. Opinó
Samuel tratando de no mostrar compasión por respeto a Antonio. ¿Cómo se llamaba
su mujer?
-Carmen, todo salió en los periódicos,
puede comprobarlo.
Samuel anotó su nombre debajo del de
Benjamín y volvió a dedicarle toda su atención.
-¿Y no ha vuelto a ver a la. . .
Parca? Inquirió.
-Sí, la veo muy a menudo. Intento
advertir a quien sigue, pero todos terminan muertos.
-Vaya. . . ¿Y por qué me dijo antes
que iba a morir esta noche? La ha visto siguiéndole a usted.
-Efectivamente, la vi justo bajo la
luz de esa ese arbotante, señaló el tubo metálico que a esas horas de la mañana
no emitía luz alguna.
Samuel sacó su teléfono móvil y
fotografió la farola, como si fuera de gran interés.
-¿No es muy típico? Opinó el
vagabundo.
-No, es fantástico, suena a película.
Voy a constatar la información de la que me habla y volveré en una hora.
-¿Y si no vuelves? Preguntó Antonio
-Tranquilo, no pierdes nada, ya te echaste tus
tacos, no. Y eso de que vas a morir está por verse.
-Ahorita regreso, si dices la verdad,
y resuelvo el caso, te invito a cenar mañana después de conseguir mi puesto.
- Eso estaría bien. Agradeció el
hombre, con una mueca agradable.
-No se preocupe Antonio, es posible
que, si le sigue la muerte, pase de largo ya que usted puede verla venir y
esconderse.
-¿En serio? Preguntó ilusionado. Luego
volvió a poner su cara de hastío. -No creo, es muy lista la muy hija de perra.
-Cuídese mientras regreso y no se
vaya.
Ni hablar, el cuento era fantástico
pero no le daba ninguna pista para la investigación de las personas
desaparecidas, era un hecho que perdería el puesto de CC.
Sin embargo, por no dejar, buscó por
los periódicos de la hemeroteca de la Procuraduría y encontró que realmente
habían sucedido ambas muertes, tanto la de Benjamín como la de Carmen su esposa.
En el titular de su esposa aparecía un texto algo inquietante, pero claro, el
que escribió ese artículo no tenía ni idea de lo que había pasado realmente. Él
conocía el secreto. . . Y lo usaría para resolver el caso, aunque se tardara
uno o dos días más, haciéndoselo saber a su Jefe.
"Nueva víctima de violencia familiar".
Señalaba el encabezado de la prensa. Un hombre atropella a su mujer a la puerta
de su casa por presuntos celos. La fiscalía pide para él veinte años de prisión
pero la defensa alega enajenamiento mental y locura transitoria. Siguió
buscando y encontró, que un par de meses después, ganó la defensa y por ello la
pena que tuvo que cumplir fue de solo tres años. Sonrió porque volvía a creer
en la justicia, en ese caso podía entender que no quería matar a su mujer sino
que fue un accidente por un tipo extraño de enajenación mental y locura.
Dieron las dos de la tarde y Samuel tuvo que comer un sándwich de la máquina de la oficina y se quedó con hambre, se había gastado cincuenta
pesos en ese hombre pero merecía la pena el sacrificio. Además así perdía ese
kilo que tenía de más en la cadera. Escribió su reporte bajo el supuesto de que
el culpable de las desapariciones era Antonio el vagabundo, quien más. Revisó todo
una y otra vez checando fechas precisas y nombres de los desaparecidos. De
seguro Antonio era quien había asesinado a todas esas personas visitantes de la
Alameda, lo vio como un loco y tras comprobar la parte de la historia que le
había contado, se disponía a detenerlo y dar por resulto el caso, obteniendo
así el puesto CC. Procedería a hacerlo confesar esa misma tarde.
Colocó el reporte en la mesa de la oficina de
su jefe. Su jefe entró en el despacho y lo miró sorprendido, dio lectura al
reporte y le dijo: -Sabía que eres el mejor, pero no esperaba que este caso lo resolvieras
tan pronto. . . ¿Estás seguro de que ese pobre vagabundo no es inocente? ¿No
quieres revisarlo?
-No, todo lo señala como culpable.
-Interesante e inquietante. . . Una
especie de ángel de la muerte que nos señala para morir un día determinado. Pero tu reporte dice que probablemente se
suicide esta misma noche por que aun con su locura, creo que se dio cuenta de
que ha sido descubierto. Ve de inmediato a detenerlo.
-Sí, pero lo mejor será esperar cuando
esta noche el vagabundo se encuentre con la muerte, sobreviva o muera. En
realidad da igual porque una cosa demostraría que está loco y la otra que tenía
razón. El caso quedará cerrado. –Cómo ve
jefe, nos esperamos para mañana y solo voy a seguir platicando con él a ver que
más le saco y vigilarlo toda la noche.
El jefe asintió con la cabeza. - Me gusta. . . –
susurró. Puede que te consigas la vacante, está claro que no te involucras sentimentalmente
con lo que investigas, pero le pones pasión. Eso es exactamente lo que
necesitamos en este departamento, objetividad y dedicación.
- Gracias jefe. Dijo Samuel.
-He tenido que hablar con un vagabundo
loco. Replicó Samuel, con la voz entrecortada. La suposición de culpabilidad de
Antonio es segura, el puesto de CC será mío.
-Mire jefe, regreso a la Alameda, sigo
entrevistando al vagabundo, esperamos a ver qué pasa esta noche y ya veremos
que hacemos mañana, ¿le parece? –Por lo pronto le voy a cumplir y le invito a
cenar.
- ¿En serio crees que le debes algo a
ese pordiosero?
- No le debo nada aun pero... ¿Se imagina
que muere y se cumple su pronóstico?
-Si lo he entendido bien quieres pasar
la noche con ese hombre, ¿cierto?
-Bueno, es parte de la investigación.
Salió de la oficina absorto en sus
pensamientos, algo le molestaba de lo que iba a hacer con el hombre, pero de
ser ciertas sus suposiciones, se evitarían más muertes sospechosas. Ahora era
preciso conocer que hacía con sus víctimas, porque la mayoría de éstas no eran
encontradas.
El reloj marcaba ya las cuatro, la
puntualidad de Samuel no fue correcta pero Antonio estaba como clavado a la
banca, según lo observo desde donde estacionó el auto oficial pero sin emblemas
de la corporación. Se iba a encaminar hacia él, pero se detuvo y volvió a subir
al auto. No quiero estar solo con él. Se dijo a sí mismo. Voy a ver quién me
puede acompañar. -Roberto, si Roberto está desocupado. Tomó el celular y llamó
sin bajarse del carro.
Roberto llegó a reunirse con él en
menos de media hora. Le contó rápidamente la situación. Aunque no era cobarde,
si le causo algo de temor, la historia era medio terrorífica.
-Creo que no te acompañaré. Susurró. -He
recordado que hoy no puedo.
- No me digas eso. Insistió Samuel. -Contaba
contigo.
-No mano, hay nos vemos, hasta la
vista. Se despidió.
-A que le temes güey, no sean miedoso.
No te vayas así.
-No hombre, tú y tus investigaciones
medio mafufas. Tú estás más loco que el viejo ese.
- Tienes razón, no eres el primero que
me lo dice. Pero es mi acenso. La muerte viene por él, no por nosotros.
-Ya vez, estas bien loco, hay nos
vemos mañana, después me cuentas como te fue.
No lo decía en serio Roberto, es una forma de hablar.
- No es culpa tuya, es mía por haber
venido a reunirme contigo, nos vemos otro día.
Samul le sujetó por el brazo y no
necesitó hacer fuerza para que se quedara.
-Mira, lo invitamos a cenar y si no
vemos que pase nada, nos vamos a tomar unas cheves, ok. Ese hombre agradecerá
hasta que le compre un Hot Dog antes de ir a la cárcel.
Roberto aceptó cabizbajo y cambió su
semblante.
-Mira mi Beto, de la muerte es de lo
único que no escapamos cuando nos toca, nos toca. No seas miedoso.
-No quiero seguir hablando de eso.
Vamos a ver a ese mendigo, es lo menos que puedo hacer. No podría perdonarme
que te pasara algo por no acompañarte.
Se pasaron el resto de la tarde
hablando del supuesto sujeto de sotana negra que el vagabundo veía a menudo y cada vez era más creíble su historia.
Samuel y Roberto solo escuchaban sin casi decir palabra alguna. Al parecer,
Antonio no percibía la presencia de Roberto, hasta que preguntó a qué hora le
invitarían a cenar.
-Te dije que te invitaría a cenar, así
es que vamos a los tacos.
-¿Y este quién es? Preguntó. Miró a
Roberto inquisitivamente y éste se presentó extendiendo la mano.
-Roberto. Dijo con amabilidad.
- Quisiera decir lo mismo aunque
esperaba más intimidad. Protestó el mendigo.
-El invita, intervino Samuel.
-Ah, que tú invitas. El rostro del
vagabundo mostró una sonrisa afable. En ese caso vamos, me muero de hambre.
Los tres hombres se dispusieron a darle duro a
los tacos, mientras Antonio, empezó a quejarse en voz alta del sistema judicial
que lo tuvo tres años en la cárcel, pues él se decía totalmente inocente. De
repente entremetía otro tema que no venía al caso y después continuaba
asegurando que hoy en la noche, alguien iba a morir, y ese alguien era él.
-Ah, no, ¿qué hace el cielo? Me manda
la muerte a mí, ¡A mí! Y no a esos desgraciados chupasangres mal nacidos que me
lo quitaron todo.
-Disculpe. Le interrumpió el taquero
rechoncho que hacia los tacos. Le ruego que no llame tanto la atención o tendré
que pedirle que se vaya porque molesta a los clientes.
- Sí, señor caballero, no se preocupe
no volveré a gritar, a veces me encorajino de más.
Cuando el taquero volvió a su trabajo,
Antonio se quedó callado y pensativo. No
dijo nada más.
- ¿Cómo están los tacos? Inquirió Samuel.
- No he comido nada mejor. Respondió Antonio sonriente.
-Tienen demasiados condimentos
-replicó Roberto con cara de disgusto-. Y me da muchos gases, disculparme si me
suelto algún soplido.
No terminó de decir la frase y soltó
uno bastante ruidoso. Al hacerlo el mendigo rompió a reír al sentir que el olor
fue tan intenso y desagradable que se tuvieron que tapar la nariz todos los
demás clientes que rodeaban el puesto.
-Se me ha quitado el hambre. Se quejó Samuel,
abanicando el aire que tenía delante de su nariz.
De nuevo se acercó el taquero y
carraspeó a su lado. -Este es un local respetable, les ruego que se retiren
ahora mismo de aquí. A pesar de su aparente educación, su tono era bastante
imperativo.
- ¿Sí, deme la cuenta . . . Respondió Roberto
con amabilidad.
- No es necesario, yo invito. Pero por
favor, no vuelvan. Dijo el taquero.
Samuel se levantó y Roberto lo siguió
encantado. La peste que flotaba en el ambiente invitaba a huir corriendo lo más
lejos posible. Pero Antonio no se movió.
- No pienso dejar esta comida. Replicó.
¿Puede darme una bolsa para llevármela?
Aún quedaban cuatro tacos en el plato
de cartón y por la cara de disgusto del vagabundo, no se iría sin ellos.
- Tenga, que pasen buena noche. Consintió
el taquero obsequiándole una bolsa.
-Gracias. Aceptó el vagabundo, que
hasta guardó los vasos de refrescos con cuidado en su interior.
Cuando llegaron de nuevo a la banca de
la Alameda, Antonio saco los tacos de la bolsa y empezó a comer.
- De nada. Pronunció con dificultad,
debido a que tenía la boca llena.
- ¿Qué? Preguntó Roberto, aún
conmocionado. Nunca le habían echado de ninguna parte hasta ese día.
-Miren, al final la cena ha sido
gratis. De perdido hubieran pagado más de cien pesos. Así que ya saben, no por
ser vagabundo soy tonto y cochino.
- Nadie ha insinuado tal cosa.
- Tu cara habla por sí sola. Le acusó.
Te doy asco, y a ti también. Señaló a Samuel.
- Ha sido un espectáculo desagradable.
Se defendió él.
-Yo no soy un showman, güey. Soy una
persona que vive como puede de lo que encuentra por ahí. - Creo que ya he
pagado mi compromiso. . .
-No lo has hecho. Dijo Samuel. Pero
esta noche me encargaré de que lo hagas, no has terminado de narrar tu
historia. Su tono sonó amenazante.
-Ha sido divertido. Añadió Roberto.
- ¿En serio? Contestó Antonio terminando
de tragar su pedazo de taco. Váyanse al diablo.
-No le volvieron a mirar, siguieron
caminando hacia la banca, pensando en buscar un bar, rogando para sus adentros
que el mendigo les dejara en paz y se quedara en la banca a dormir la mona.
Pero les siguió mientras se comía el resto de los tacos, que en dos grandes
bocados engulló como si fueran de aire.
- ¿A dónde van? Preguntó Antonio.
- A buscar una cantina a esperar la
madrugada para verte muerto. Respondió
Samuel.
-Los acompaño.
- No es necesario. Replicó Samuel, medio
nervioso.
- No tengo a donde ir, quiero
acompañarlos. Insistió el mendigo.
Samuel soltó un resoplido para evitar
contestarle de mala manera.
- Preferimos que no vengas. Indicó Roberto.
De improviso, Antonio le dio una patada en la
entrepierna a Roberto, aprovechando que el lugar estaba casi desierto y éste se
dobló sobre sí mismo emitiendo un gemido de dolor. Cayó de rodillas sobre el
andador de cemento y Samuel sintió que se detenían los latidos de su corazón. Saco
su arma de debajo del sobaco y le apuntó a la cabeza. Sin inmutarse, escucho claramente
al vagabundo.
- ¿Lo ves? Se rio Antonio. Tu amigo ya
no puede acompañarnos. ¿Vamos?
Samuel, sin dejar de apuntarle se
acercó al dolorido Roberto y le preguntó si estaba bien, pero no pudo ni
responder. Al descuidarse por atender a
su amigo, Antonio le despoja de la pistola.
- Vamos, si no me llevas a tu casa te
llevaré yo a la mía, que la forman estas miserables calles solitarias y
obscuras.
El vagabundo lo cogió del brazo y tiró
de él.
-¡Que haces pendejo, estás detenido! -gritó
Samuel histérico-. No pienso ir contigo a ninguna parte, más que a la cárcel.
¡Dame mi arma!
-No me digas. Susurró Antonio, esgrimiendo
la pistola y tirando la bolsa de los tacos y los refrescos al suelo. Tú vienes
conmigo o tendré que matar a este cabrón.
Roberto intentó levantarse pero el
dolor seguía impidiéndole ponerse en pie.
- ¡Vamos güey! No tengo toda la noche.
Samuel se dejó llevar por una de las
calles más oscuras paralelas a la Alameda mientras sentía que el cañón la
apuntaba a los riñones. Roberto se quedó tirado en el suelo.
-Antonio, no tienes por qué hacer
esto, soy policía ¿recuerdas?
El mendigo clavó con fuerza la pistola
en sus riñones para obligarlo a caminar más deprisa.
-Me vale. Gruñó. He sido agente del
gobierno en el servicio secreto. Si quería iba al DF, a Estados Unidos, Guadalajara
o a Can cun, todos los gastos estaban cubiertos incluida una jugosa paga extra.
Pero cuando atropellé a mi mujer me dieron la espalda, me trataron como basura…
Me quedé solo y sin nada.
- No tengo nada para ti, estoy como tú.
Me van a correr por esto.
- Ese es tu problema.
-Déjame ir Antonio, Te lo juro. . . Te
consigo dinero, si quieres joyas. . .
Ante la insistencia de él Antonio
chasqueó la lengua y lo interrumpió.
- Estoy hablando de tu vida, estúpido.
- Oh Dios mío. Pensó Samuel. -En que
me he metido.
Ahora que sabía que iba a morir, su
lengua se paralizó y su cuerpo se inundó de un temor tal que le restaba fuerzas
para afrontar cualquier intento de lucha. Su mente se embotó con el sentimiento
de terror que lo invadió. Lo que había deseado hacía unas pocas horas, se convirtió
de repente en un ancla a que aferrarse. Lo que más temió fue convertirse en
titular trágico del periódico de la mañana.
“Agente policiaco asesinado por ser
demasiado entusiasta con sus investigaciones policiacas".
Puede que consiguieras el cargo CC si
te hubiera contado mi verdadero secreto. Rio Antonio. -Pero me habrías
denunciado y no podía consentirlo.
- ¿Qué quieres decir? Su voz sonó
temblorosa.
- Oh, no te he mentido, solo oculté
parte de la verdad.
- Tú eres esa parca. Dedujo él con un hilo de voz.
- Nada más lejos de la realidad. Explicó
recargándose en una desvencijada puerta de una casa vacía y abandonada. Por su
aspecto parecía que nadie había estado ahí en veinte años.
-Cuando la muerte apareció frente a mi
casa traté de deshacerme de ella y en cierto modo lo conseguí. Mi mujer estaba
en la cocina cuando estrellé en la casa el coche creyendo acabar con esa
pesadilla. Pero se ve que al morir Carmen, la muerte se vio satisfecha. En la
cárcel dudé si me había ido a buscar a mí o a mi esposa, pero un año después
volví a verla y esta vez le vi la cara. Era una mujer joven, como una sombra de
la que sólo veía el rostro y supe que vino a buscarme a mí.
- ¿No era un hombre? Preguntó Samuel.
- Mi parca es una mujer, la primera
era un tipo con gabardina negra, ese fue quien se llevó a Benjamín. Pero ya sé
cómo aplacar a esa bruja, si mato a alguien en su presencia se lleva a esa
persona y me deja un año tranquilo. Así que ahora conoces mi secreto.
- Por favor no me hagas daño.
- Me gustas Samuel, no mucha gente se
acerca a hablar conmigo si no es para amenazarme que me vaya a otro lugar o que
abrace la cruz de Cristo. No tengo nada contra ti pero has aparecido en el
momento oportuno. Me has ahorrado tener que matar a un desconocido y si lo
hiciera tendría más cargo de conciencia porque nunca se sabe si estás dejando
huérfanos a unos críos. Tú eres soltero, no tienes a nadie así que...
- ¿Y mis padres? No me tienen más que
a mí?. ¿Y mi novia?, pronto me iba a casar.
- Esos no me dan pena ninguna, lo
superarán.
- Pero les quiero, lo dieron todo por
mí y si muero les partirás el alma.
- Mírate, defendiendo tu vida igual
que en un tribunal. Es una situación graciosa, como si pudieras convencerme de
que vale más que la mía. A no ser. . . Sí, suena divertido, hay tiempo.
El mendigo buscó en las bolsas del
pantalón de Samuel
-Aquí está. Extrajo el teléfono
celular y se lo dio. Si llamas para que venga alguien te perdonaré la vida y
mataré a esa persona. ¿Conoces a alguien que merezca morir más que tú?
Samuel se quedó helado y sin palabras.
Le ofrecía una oportunidad de vivir si señalaba a alguien y, dado que estaba
loco, tenía la certeza de que cumpliría su palabra.
Cogió el teléfono con nerviosismo y
miró la pantalla, sus ojos batallaban para ver el directorio.
- ¿Cuánto tiempo tenemos? Preguntó, nervioso.
- Unas tres horas.
Samuel comenzó a buscar y fue
repasando mentalmente los nombres. Casi no podía mirar por miedo a no encontrar
candidatos, pero su mente tenía claro uno, Su Jefe. Si había una persona en el
mundo a la que odiaba era a su Jefe por condicionarle el puesto ofrecido. Además
si moría... Seguramente le darían su puesto.
-Parece que lo tienes claro. Se
emocionó el mendigo. Vamos llama, no me importa quién muera esta noche.
- No puedo hacerlo Replicó, tembloroso. No podría cargar con eso.
. .
-Claro que puedes. Mira, cuando empecé
a trabajar como agente encubierto me dieron licencia para matar y pensé que no
sería capaz, que yo no era un asesino. Pero cuando se trata de elegir entre tu
vida y la de otro. . . Todos lo somos.
-No... No tienes por qué matar a
nadie...
- Eso se lo cuentas a la que viene a
por mí. Porque nunca comprenderé por qué merezco la muerte más que el resto del
mundo. Te he cogido aprecio, pero sabes qué, mi pellejo es lo primero. A mí la
muerte me da siempre un día para buscar un chivo expiatorio no quiero dejarte
sin tu oportunidad así que busca a alguien en ese teléfono que pueda
reemplazarte o morirás. A lo mejor ahora dudas, pero cuando te queden dos
minutos serás capaz de llamar a tu madre, te lo aseguro. A medida que hablaba
su tono se volvía más áspero.
- No puedo... Le dijo.
-¡Llama a alguien de una maldita vez! Enfatizó
su impaciencia apuntándole a la cabeza. Samuel tuvo el arma tan cerca que vio
el brillo redondeado de la bala en el interior del cañón.
- ¡No puedo! Grito desesperado.
-Entonces muere. Y empezó a presionar
el gatillo.
-Espera, espera, voy a marcar.
A punto estaba de hacerlo cuando escucharon pisadas en la acera de enfrente
alumbrada débilmente por un cansado y viejo foco de ventana y el mendigo le
puso la mano en la boca mientras la apuntaba a la sien.
Al no escuchar nada más las pisadas de
una sola persona le indicó con el dedo índice en los labios que guardara
silencio y luego con el pulgar rozando su cuello le dejó claro que lo mataría
al menor intento de llamar la atención.
Naturalmente obedeció, estaba tan
asustado que le temblaba la mandíbula.
Antonio se asomó saliéndose un poco de
la sombra protectora. Durante un segundo Samuel tuvo una oportunidad de saltar
sobre él y tratar de quitarle la pistola, pero no lo hizo porque no podría
dispararle, cosa que él también tendría presente.
-¿Cómo vez? Ahí tienes a tu amigo, buscándote. Murmuró
mirándole a los ojos. Él lo haría si le dieras la oportunidad de morir por ti. ¿Qué,
le hablamos?
Samuel temió que le escuchara hablar,
pero una parte de él deseaba que llegara como un héroe de película y tras una
pelea le arrebatase la pistola a Antonio. En un mundo feliz no tendría que
morir ninguno de los tres. Pero si Roberto cruzaba la calle hacia ellos su vida
llegaría a su fin sin saber qué lo mató, Antonio esperaba agazapado en lo más
oscuro de la calle y dispararía apenas tratara de cruzar.
- Has perdido la ocasión Se escuchó la
voz cascada del mendigo. -Ha pasado de largo. Miró el reloj y sonrió. Se
sentaron en el umbral de la puerta y le dijo:
-Debería darte las gracias Continuó el
mendigo con voz melosa, eres la única persona a la que he dado la oportunidad
de cambiar su destino. La primera que entiende lo que siento y por eso me
dolería que no fueras capaz de elegir a alguien para morir.
- No voy a seguirte el juego Replicó
Samuel.
-Antes te quedaste mirando un nombre
en el teléfono. Apuntó el mendigo. Vamos Samuel, dime quien es.
Samuel negó con la cabeza.
- No eres tú el que va a matarla,
puedes culparme a mí Insistió Antonio. Es como yo lo veo, no soy yo quien mata
sino que engaño a la muerte. Tenemos la oportunidad de cambiar nuestro destino,
no la desaproveches, estoy seguro de que conoces a alguien que merece morir más
que tú.
- ¿Merecerla? No merezco morir así. Se
defendió enojado.
- Claro que no. Apoyó él rodeándolo
con el brazo como si fuera un amigo íntimo, mientras hacía círculos con la
pistola a escasos centímetros de su cara. -Ese, tu Jefe sí, vamos, marca su
número, hazle venir. A nadie le gusta que una bala le reviente los sesos y por
la cara que tienes no eres ninguna excepción. Adelante, es de humanos tratar de
sobrevivir a toda costa.
El miedo a morir por primera vez logró
romper la determinación que tenía. Miró el teléfono y se imaginó por un momento
llamando a su Jefe y suplicando que acudiera a ese lugar cuanto antes. Si
lograba convencerlo de que fuera, sería pidiéndole ayuda para hacer el arresto
y a cambio de su ayuda recibiría un balazo. Si no acudía en su auxilio moriría
sabiendo que hubiera matado con tal de sobrevivir, su alma no estaría limpia y
se expondría a la condena eterna del infierno. No había sido muy creyente
durante su vida pero ahora no hacía más que arrepentirse de todos los errores
cometidos porque veía el reino del mal a escasos centímetros de su cara.
-Hola Jefe. Saludó al escuchar su voz. -Necesito apoyo para detener al causante de
las desapariciones.
- Qué tontería, eres la única persona
que lo puede hacer solo, no puedo ir, de veras, no puedo. Replicó su jefe al
otro lado de la línea. -Mañana tengo audiencia temprano, lo siento.
Samuel se puso nervioso y miró a Antonio.
Éste lo miraba con curiosidad. El muy cerdo disfrutaba como un niño de su juego
macabro.
El mendigo lo miró extrañado cuando
cortó la llamada y él se quedó mirando al vacío.
-No pienso ser cómplice de su muerte,
no tengo ningún derecho de arruinar la vida de nadie.
- Como quieras, lo siento mucho por
ti.
- Eres un asesino, no existe tal
parca, está todo en tu cabeza y lo sabes perfectamente. Puede que me mates pero
estaré esperando el día que mueras para verte pagar tus crímenes en el
infierno.
Antonio borró su sonrisa conciliadora
y se puso en pie. Apuntó a su cabeza nerviosamente y jugó a que disparaba e
imitaba el sonido del disparo con la boca.
- Si te hubiera mentido, ¿qué crees que me detendría para matarte
ahora?
Samuel no supo qué contestar, se puso de
pie y Antonio sonrió mostrando su dentadura, con cara de niño travieso. Jugó
con la pistola haciendo círculos mientras hablaba.
-Todo el mundo debería tener la
oportunidad de luchar para salvarse.
Se quedó mirando a los ojos al
vagabundo y supo que tenía razón, debía luchar.
Aprovechando que Antonio no le
apuntaba directamente se abalanzó sobre él y le quitó la pistola con más
facilidad de la que esperaba. Cuando la tenía en su mano el vagabundo alargó el
brazo para quitársela de nuevo, allí fue cuando le disparó tres balazos en el
pecho. Mientras sus manos perdían fuerza y su mirada se apagaba, Samuel se dio
cuenta de lo que acababa de hacer. Él tenía razón, debía luchar por su vida. Y
aunque fuera mentira que viera a la muerte, esa noche Antonio la encontró por
tratar de burlarla.
Había logrado escapar de un loco
peligroso que habría matado cada año a una víctima al azar. Pero le entró miedo
de que lo acusaran de utilizar fuerza exagerada en la detención del delincuente.
Quería curarse en salud, por lo que de inmediato llamó de nuevo a su Jefe.
Después de tres interminables tonos
escuchó su voz.
-¿Qué onda Toño?, ¿Ahora qué?
-Lo maté Jefe, lo maté, no pude
evitarlo.
-¿Dónde estás? Preguntó.
-En la Alameda Jefe.
Ahora sí, su Jefe no se pudo negar a
ir a su encuentro, justo en medio hora le vio aparecer por la esquina de la
calle.
- ¿Qué pasó? Quiso saber.
- Me iba a matar como ya ha matado a
decenas de personas... Aproveché un descuido y le quité la pistola, pero... Me
la quiso quitar y le disparé tres tiros, no se movió más. Cree que la regué
Jefe.
Matar para defender tu vida no es delito, Samuel.
Tu conciencia debería estar tranquila.
- Pues no lo está por la historia que
me contó, jefe. -¿Cree que me meteré en
un lío? Acuérdese que escribí un reporte en el que anunciaba su muerte.
No te preocupes, toda saldrá bien, le
decía su jefe al mismo tiempo que llamaba a los forenses para que recogieran el
cadáver.
Samuel, mientras daba explicaciones a
otros agentes que habían llegado a la escena del crimen, se recargó en una de
las patrullas y comenzó a darse cuenta de lo cerca que había estado de morir. Y
no solo eso, también que Antonio, ese loco vagabundo tenía razón, al final fue
capaz de matar con tal de salvarse él mismo.
Mientras veía a su jefe dar ciertas
instrucciones, vio que al otro lado de la ahora medio iluminada calle por las
luces rojas y azules de las patrullas, a una mujer vestida de negro que lo
miraba inmóvil. Su pelo era liso y ocultaba su cara con una capucha. Su ropa
era como un vestido de fiesta que la cubría de los tobillos hasta el escote,
que dejaba ver parte de su pálida piel.
Se puso de pie para verla mejor pero
en cuanto pestañeó desapareció como una alucinación.
- ¿Estás bien? -Inquirió su jefe. Pero
no contestó.
En su interior pensó que la muerte había
venido a darle las gracias por acabar con el mendigo que la esquivaba. Eso podía
ser, o a lo mejor ha venido a buscarme a mí.
Dedujo para sí mismo.
-Ok Samuel, necesitas descansar. Opinó
su jefe.
Y Roberto, pensó de nuevo en su
interior, habría que buscarlo y tratar de no involucrarlo en todo lo acontecido.
Tomó su automóvil y manejo por varias
cuadras a la redonda hasta que lo vio tratando de abordar un taxi ya en la
avenida principal al costado de la Alameda, lo recogió antes de que abordara y
le contó con lujo de detalles todo lo sucedido, inclusive, la visión de la
mujer al otro lado de la acera cuando estaba junto al cadáver de Antonio. Lo
llevó hasta su carro y se despidieron quedando de verse después de descansar
pasando el mediodía del día siguiente.
La vida de Samuel siguió su curso, le
dieron el puesto deseado, a sus padres y a su novia no les contó nada de la
aventura que acabada de pasar, solo con Roberto lo comentaba casi a diario,
suerte que habían tenido de no morir aquella noche y se lamentaban el golpe
bajo que el vagabundo le había propinado a Roberto en la entrepierna.
Así pasaron tres meses, seis, y siguió
transcurriendo el tiempo, se hicieron planes de casamiento, Roberto sería el
padrino.
Pero una noche fría, cuando había
pasado justo un año después de la muerte de Antonio, Roberto y él se quedaron
de ver para ir a tomarse unas cervezas y hablar sobre su próxima boda, se bajó
de su automóvil y caminó en dirección a su casa cuando sintió que alguien le
seguía. Vio claramente una sombra que iba a su lado, como si quien lo seguía
estuviera dos pasos por detrás. Se volvió y no había nadie. Cuando llegó a la puerta
de la casa de Roberto vio la sombra justo a su espalda y esta vez entró
precipitadamente a la casa cerrando de un portazo. Roberto lo miro extrañado.
Entonces recordó el secreto del vagabundo
al que mató. La muerte le acechaba una vez al año y sólo conseguía librarse de
ella matando a alguien.
- No puede ser. Susurró. Era Roberto
el que ahora debía morir.
Se escuchó un arañazo estridentemente
en la puerta y se le puso la piel de gallina. Las palabras de Antonio se
abrieron paso en su mente: La muerte era una mujer. Entonces entendió lo que
nunca dijo Antonio, que se trataba de su esposa a la que mató para esquivar su
cita con el más allá la primera vez. La misma que vio ella cuando le mató.
Con las manos temblorosas se asomó por
la ventana ignorando a Roberto que absorto lo miraba. Allí estaba, se volvía a
encontrar a la muerte.
-Antonio... Susurró al verle en pie
frente a la ventana, mirándole fijamente.
Se alejó dando dos pasos atrás. La
figura oscura atravesó el dintel de la ventana cruzando a través de la madera y
el vidrio mientras le hablaba en voz baja: “Ha llegado tu hora”.
Samuel saco su arma de cargo, se situó
junto al sorprendido Roberto, sólo había una manera de acabar con eso. Le rodeó
con los brazos sobre los hombros, necesitaba despedirse. Antonio el vagabundo
convertido en muerte, le miraba desde el umbral de la puerta con una sonrisa satánica.
- Todos son capaces de matar cuando
ven a la muerte mirarles a los ojos. Dijo con una voz apenas audible para
Samuel, no escuchada por Roberto, quien se le quedó mirando extrañado.
- ¿Te ocurre algo? Preguntó
- Tengo que hacerlo. Respondió
mostrando la pistola y llorando desesperado, no hay otro modo de acabar con
esta pesadilla.
Dicho eso elevó el arma a su sien y se
disparó con ella, provocando una cascada de sangre sobre el confundido Roberto.
- ¡Noooo! Fue lo último que escuchó,
al unísono entre el grito desesperado de la parca y el desgarrado y dolido de Roberto.
Samuel cayó sobre el piso de la
habitación con una expresión de paz por saber que con su muerte la parca ya no
obligaría a nadie más a volver a asesinar. Y todo, por investigar a la Muerte.