lunes, 1 de febrero de 2016

Hoy, por fin, pude realmente ver


Hoy, aprovechando que el día tenía buen clima, al terminar de comer y antes de irme de nuevo al trabajo, me senté en una mecedora en el jardín de mi casa para cuidar un momento a mi pequeña nieta Sarilu, que denota un inquietante derroche de energía. La subí al columpio y me dispuse a darle vuelo. Entonces descubrí la esperanza columpiándose en su sonrisa de niña.

Dirigí la mirada hacia Don José, el jardinero que una vez a la semana viene a darle mantenimiento al jardín y descubrí  la paz descansando en la mirada de un anciano, que lentamente recogía las hojas secas desechadas por los árboles.

Al voltear mis ojos hacia la puerta que da a la cocina, descubrí el amor puro desbordando de los brazos de una madre, mi hija Dulce, dándole de comer a mi otra nieta; Sofía.

Encontré la belleza encubierta en una canción, la calma debajo de una nube, la alegría detrás de un rayo de sol. Y todo esto en mi jardín.

Pude ver como la luz se trenzaba en los cabellos de mi esposa Gely, al asomarse por la puerta para comprobar si la nena estaba bien cuidada.

Me di cuenta de cómo la paciencia se ejercitaba en las palabras de un padre, mi hijo Roge, que como un sabio aprendía de un joven sin experiencia en su plática con mi nieto mayor.

Vi la gratitud en el canto de un pajarito que en rápido movimiento, se desplazó de la rama del árbol al suelo y viceversa, después de haber recogido una suculenta semilla.

También observe la sabiduría saliendo de las páginas del libro que tenía en mis manos, y trasladé mí pensamiento hasta mi estudio y vi la pasión dibujada en una pintura que estoy por terminar y escuche el consejo que se escondía en el silencio de todos ellos, humanos y objetos que solo me acompañaban con su presencia.

Vi notas musicales plasmadas en el viento al paso por entre los árboles. Recordé la tristeza llamada felicidad, brotando de una lágrima que se resistía a salir de los ojos de Deniss cuando le invade la nostalgia por encontrarse lejos de nosotros.

Y termine viendo el cariño y el amor en los brazos de Diana, mi otra hija, cuando al llegar a casa nos besa en la mejilla con ternura, en un saludo que representa a toda la familia.

Y para disfrutar al máximo lo que estaba ocurriendo, cerré mis ojos mortales y observe con los ojos del alma. Cerré mis oídos y escuche con el sentimiento. Cerré la lógica y el entendimiento para tratar de comprender con el corazón, toda la magnitud hermosa de mi existencia.

Hoy logre ver las cosas que muchas veces se esconden detrás de lo que vemos pero no observamos, detrás de lo que oímos pero no escuchamos, detrás de lo que nos pasa pero no experimentamos. Detrás de lo que hablamos pero no sentimos, detrás de lo que pedimos pero nunca damos, detrás de lo que queremos pero no buscamos.

Veo por fin la conjunción que hay entre nosotros y los amigos, porque cuando se recibe de ellos una llamada, las fibras de todo el cuerpo se disponen a recibir noticias esperadas de bienestar.

Hoy observo, siento, busco y experimento, hoy deje de percibir solo con mis ojos y, hoy al fin pude realmente ver.

jueves, 3 de diciembre de 2015

UN CUENTO DE MIS CUENTOS


INVESTIGANDO A LA MUERTE

Por: Rogelio González Cortés

Como agente detective, no tenían cabida los mediocres y aquellos que no tenían iniciativa.

Le habían dado una orden, al parecer por ser el mejor del Grupo de Homicidios y era cierto, era el más avezado policía de toda la Procuraduría. Samuel investigaba con pasión los casos por lo que conseguía captar la atención de todos los compañeros. Al menos eso le había dicho su jefe, el Procurador, cuando tomaban una taza de café en el cubículo destinado como salita de lunch.

En un momento de la plática, su jefe le planteo una promoción que estaban por poner en práctica en el Departamento de Homicidios, como había un solo grupo especializado con cuatro agentes, con uno de ellos al mando, que dependían directamente del Procurador, se pretendía formar cuatro grupos especiales contratando a dieciséis nuevos detectives dirigidos por un CC (Comandante Coordinador) y se había pensado en él para ocupar el puesto. El ascenso era magnífico, de simple agente, subir a Comandante era una magnífica oportunidad. Pero había un problema. El departamento tenía un caso pendiente. Y la orden era resolverlo en veinticuatro horas. Si antes de las ocho de la noche del día siguiente no estaba solucionado, podía despedirse de su prometedor ascenso y el puesto se lo darían a otro.

Samuel era egresado de la Facultad de Criminología, de nada habrían servido sus largos desvelos en la universidad por conseguir las más altas puntuaciones. Ni estar bajo la suela del zapato de su ahora jefe por un sueldo que no le pagaba ni los gastos vitales del mes. Si no lo lograba, quien sabe qué diablos pasaría con su carrera, máxime cuando esperaba casarse a vuelta de año. Y si lo lograba alcanzaría el sueño de su vida, CC de Homicidios. Representaba un cambio radical en su vida.

El caso tal vez no era muy complicado, se trataba de la desaparición y muerte de personas sin dejar el menor rastro, ya se contaban más de doce y todas en la Alameda en el centro de de la ciudad, de hecho, no existía ninguna averiguación previa, no se tenía ni una línea de investigación que seguir, el caso estaba totalmente estancado. Así es que manos a la obra e iniciar la averiguación.

Samuel se dirigió al céntrico parque y se sentó en una banca esperando la inspiración. Observo a niños jugando, ¿qué hacían fuera del colegio a esa hora? iban a dar apenas las once de la mañana, era martes. Vio personas paseando perros, gente que corría haciendo ejercicio, ancianos agotados estáticos como estatuas integrados en las bancas que le servían de sostén para no dejarlos caer en cada dormitada,  parejas de jóvenes seguramente de otras entidades, esperando alguna señora que contratase de sirvienta a la mujer o de albañil al hombre, palomas, pajaritos, árboles viejos desojados unos, frondosos otros, la gran fuente que con dificultad escupía apenas un pequeño chorro de agua. Ese era el lugar donde se creía ocurrían las desapariciones.

No podía investigarlos a todos. Entonces su vista se fijó en una banca, la que tenía justo enfrente. Frunció el ceño al ver periódicos arrugados y dentro de ellos a un mendigo de unos cuarenta años, harapiento, vestido con una playera gris que antes había sido blanca y barba de varios meses. Ese hombre no se había bañado en toda su vida, suposición por el aspecto de la suciedad de su cara. Le llamó la atención porque en todo el tiempo que había estado sentado en ese lugar no se había fijado en él. Era como si hubiera aparecido de repente. La situación era para Samuel tan habitual, al ver vagabundos por las calles, que siempre pasaba de largo sin percatarse de su existencia.

Y qué tal, pensó, si ese hombre, que de seguro esa banca era su morada, sabía algo que pudiese tener relación con su apurada investigación. Claro, su instinto le dijo que ahí tenía una pista. Se levantó decidido y se paró junto a él.

-Disculpe, ¿puedo hacerle unas preguntas, inquirió cuando lo vio parpadear.

-Pues claro que puedes. Llevo tantos años escondiéndome de los policías que me había olvidado de lo que era ser famoso. Bromeó el mendigo.

-Rayos, pensó Samuel, éste sabe que soy policía.

-¿Cómo se llama?

-Pues si de algo te sirve; Soy Antonio.

Samuel iba a preguntar otra cosa pero dudó si reír por los aires de grandeza que mostraba el tal Antonio o enojarse porque el hombre se creía superior a él.

-Esta noche voy a morir. Dijo de improviso. Explicó convencido y sonriendo el vagabundo, -Así es que, que puedo perder.

-¿Y cómo lo sabe?

-He tenido un sueño y he visto que ocurrirá.

-Pero eso no significa nada, los sueños no son reales.

-Sí, porque ya he soñado otras cosas que se han cumplido.

-Mire, soy Samuel y trabajo como. . . bueno intento ganarme un puesto en la chamba que hago. Me han dado un plazo de un día para que solucione un caso y pensé que usted podría ayudarme. A lo mejor usted sabe lo que aquí en la Alameda está pasando, así es que si es tan amable de contestar mis preguntas se lo agradecería. No puedo pagarle, pero le prometo que si me dan el puesto le invito a cenar mañana.

-Bien. Le voy a contar algo.

-¿Cómo qué?

-Un secreto, pero tengo hambre así que si me invita a unos tacos. . .

-Lo siento, tengo lo justo para comer yo solo y no voy a sacar dinero del cajero para alimentarle.

-Hombre, allí está el puesto, huelo los tacos desde aquí. Vamos no sea tacaño, le prometo que mi secreto vale la pena.

-¿Sabe qué? Se los traeré si es algo que me interese de verdad.

-¿Cómo voy a fiarme de un extraño?  Protestó Antonio. -Necesita demostrar que puedo confiar en usted. Es mi secreto y no se lo voy a contar a cualquiera.

Samuel suspiró y termino aceptando. Como dijo el vagabundo, el puesto estaba a la vuelta de la esquina. Estuvo siempre ahí pero era una de esas cosas de Monterrey a las que se había acostumbrado, lo veía como un decorado más de la ciudad.

-Deme una orden, pidió un tanto avergonzado de que alguien conocido lo sorprendiera.

-¿Con cebolla, cilandro y salsa?

-Sí.

-¿Todo?

-Completo sí, dese prisa por favor.

Cuando los tuvo envueltos en la bolsa de plástico caminó lo más rápido que pudo hasta el mendigo, que no se había movido de su sitio.

-Eres un ángel del cielo, Samuel. Eso es lo que eres, gracias... Umm, cómo huele, ha de estar sabroso y con el hambre que traigo.

Samuel le entregó la bolsa con los tacos y vio que la desenvolvía con sumo cuidado mientras se sentaba, apartando los periódicos. El tipo estaba muy flaco y los dientes los tenía bien, no eran negros como imaginaba. Su ropa no se veía pasada de moda, solo sucia y desgastada. Tenía un pantalón vaquero y unas botas con la suela medio despegada. En el pecho, bajo la playera gris que como dijimos, quizás un día fue blanca, traía un dije tan mohoso que se perdía en la suciedad que más lo ennegrecía.

Al descubrir Antonio el manjar que le había traído Samuel, sonrió como si viera la octava maravilla del mundo.

-¿Con cebolla?, Exclamó, -Dios, la detesto. Su cara cambió radicalmente y tiró los tacos como a tres metros de distancia.  Casi alcanza a un viejito y éste, al ver quién se los había tirado optó por seguir su camino sin darle importancia.

Samuel no podía creer lo que estaba viendo.

-¿Pero qué ha hecho? Preguntó, horrorizado.

-¿Te gustan a ti? Inquirió él con mirada de loco.

-No, pero si no los quería podía. . . Daba igual lo que hiciera, eran veinticinco pesos. Y ese estúpido los había tirado por que tenían cebolla...

-Tráeme otros que solo tengan salsa. . . La cebolla no la quiero.

-No pienso hacerlo, usted está loco. Si quiere vaya y coja esos que tiró.

Antonio lo miró espantado. -¿Qué los recoja? ¿Como si fuera un perro? ¡Nunca!

Samuel se mordió la lengua y observó a su alrededor avergonzado. Ver a un vagabundo llamar la atención no era algo en lo que la gente se fijara, pero sí se fijaban en los que hablaban con ellos.

-Es inútil, voy a buscar otra persona que me ayude. Dijo Samuel lleno de coraje.

Se alejó de él esperando que no lo siguiera. Pero Antonio hizo algo peor, se puso a gritar con todas sus fuerzas.  -Se lo contaré a otro, mi secreto, se lo contaré a otro. Luego no llore si no le dan su puesto porque no me trajo unos tacos a mi gusto.

En ese momento vio a David, un compañero también detective al que quizá le habían dado la misma encomienda y ofrecido el mismo puesto, llegar a la Alameda en dirección al vagabundo y le entró cierta duda. Ese hombre lo estaba avergonzando y no podía consentir que su compañero lo presenciara.

Se dio la vuelta y caminó hasta él diciéndole:  -Le traeré otros tacos sin cebolla, pero por favor, deje de gritar.           

-Por supuesto. Aceptó Antonio sonriendo.

Corrió a buscar su segunda orden y esta vez se aseguró de que sólo le pusieran salsa. -Aquí tiene, ya puede contarme el secreto.  Le dijo al estar frente a él.

Pero el vagabundo se puso a comer los tacos con sumo placer y lo ignoró por completo. No volvió a mirarlo hasta que se terminó los seis tacos que conformaban la orden.

El vagabundo se lo tomó con mucha calma. Se limpió con las servilletas que venían en la bolsa y después de limpiarse los dientes con su propia lengua y extraer los trozos de tortilla con la uña de su dedo meñique, lo miró como si fuera a contarle el misterio más inquietante de la historia.

-Verá, por las noches, suelo ver a un hombre de negro, como un sacerdote que sigue a las personas que no van a vivir más de un día.

-¿Cómo? Exclamó Samuel.

- Sí. Se lo juro, es un tipo extrañísimo nunca le veo la cara, es como muy pálido y siempre le veo de noche. Ya le he seguido varias ocasiones, el sigue a alguien que se desvela y por aquí pasa y acaba muriendo la persona a la que sigue.

-¿En serio?

Samuel perdió interés, ese hombre estaba loco.

-Puedo comprobarlo, Insistió Antonio con exagerada ansiedad. Busque a . . . Benjamín. Sí, ese fue el primero. Estas visiones me han destrozado la vida. Es la Muerte. Dijo poniendo especial énfasis en la palabra. Nadie más que yo le veía. Me fijé en el detalle de que no proyectaba sombra alguna.

-Si iba de negro y era de noche, ¿cómo podía verlo? Preguntó Samuel.

-Caramba, no estamos en el monte. Esto esta urbanizado, había luz en la calle, explicó enojado.

-Ok. . . Samuel saco una pequeña libreta y apuntó el nombre de Benjamín.

Chéquelo. Salió en los periódicos, murió en su casa de un infarto. Luego, semanas después, o meses, no recuerdo, me siguió a mí. . . Quise espantarlo, cogí el coche y traté de atropellarlo. . . pero con tan mala suerte que mi mujer salió a ver qué pasaba y me la llevé por delante. . . Esa méndiga Parca me utilizó para matar a mi esposa. . .

-Cuánto lo siento. Se sinceró Samuel.

-Fue horrible, me acusaron de homicidio, me encerraron en la cárcel durante tres años y cuando salí ya no pude conseguir trabajo, lo perdí absolutamente todo y aquí estoy, ni siquiera tengo para comer.

Se notaba dolor en su voz mientras hablaba.

- El banco me embargó todo, para recuperar la hipoteca que acabábamos de pedir: La casa, el coche, todas mis inversiones. No me iba mal, pero al salir de la cárcel me encontré en la calle, solo y sin un centavo.

-Es una historia desgarradora. Opinó Samuel tratando de no mostrar compasión por respeto a Antonio. ¿Cómo se llamaba su mujer?

-Carmen, todo salió en los periódicos, puede comprobarlo.

Samuel anotó su nombre debajo del de Benjamín y volvió a dedicarle toda su atención.

-¿Y no ha vuelto a ver a la. . . Parca? Inquirió.

-Sí, la veo muy a menudo. Intento advertir a quien sigue, pero todos terminan muertos.

-Vaya. . . ¿Y por qué me dijo antes que iba a morir esta noche? La ha visto siguiéndole a usted.

-Efectivamente, la vi justo bajo la luz de esa ese arbotante, señaló el tubo metálico que a esas horas de la mañana no emitía luz alguna.

Samuel sacó su teléfono móvil y fotografió la farola, como si fuera de gran interés.

-¿No es muy típico? Opinó el vagabundo.

-No, es fantástico, suena a película. Voy a constatar la información de la que me habla y volveré en una hora.

-¿Y si no vuelves? Preguntó Antonio

 -Tranquilo, no pierdes nada, ya te echaste tus tacos, no. Y eso de que vas a morir está por verse.

-Ahorita regreso, si dices la verdad, y resuelvo el caso, te invito a cenar mañana después de conseguir mi puesto.

- Eso estaría bien. Agradeció el hombre, con una mueca agradable.

-No se preocupe Antonio, es posible que, si le sigue la muerte, pase de largo ya que usted puede verla venir y esconderse.

-¿En serio? Preguntó ilusionado. Luego volvió a poner su cara de hastío. -No creo, es muy lista la muy hija de perra.

-Cuídese mientras regreso y no se vaya.

Ni hablar, el cuento era fantástico pero no le daba ninguna pista para la investigación de las personas desaparecidas, era un hecho que perdería el puesto de CC.

Sin embargo, por no dejar, buscó por los periódicos de la hemeroteca de la Procuraduría y encontró que realmente habían sucedido ambas muertes, tanto la de Benjamín como la de Carmen su esposa. En el titular de su esposa aparecía un texto algo inquietante, pero claro, el que escribió ese artículo no tenía ni idea de lo que había pasado realmente. Él conocía el secreto. . . Y lo usaría para resolver el caso, aunque se tardara uno o dos días más, haciéndoselo saber a su Jefe.

 "Nueva víctima de violencia familiar". Señalaba el encabezado de la prensa. Un hombre atropella a su mujer a la puerta de su casa por presuntos celos. La fiscalía pide para él veinte años de prisión pero la defensa alega enajenamiento mental y locura transitoria.   Siguió buscando y encontró, que un par de meses después, ganó la defensa y por ello la pena que tuvo que cumplir fue de solo tres años. Sonrió porque volvía a creer en la justicia, en ese caso podía entender que no quería matar a su mujer sino que fue un accidente por un tipo extraño de enajenación mental y locura.

Dieron las dos de la tarde y Samuel tuvo que comer un sándwich de la máquina de la oficina y se quedó con hambre, se había gastado cincuenta pesos en ese hombre pero merecía la pena el sacrificio. Además así perdía ese kilo que tenía de más en la cadera. Escribió su reporte bajo el supuesto de que el culpable de las desapariciones era Antonio el vagabundo, quien más. Revisó todo una y otra vez checando fechas precisas y nombres de los desaparecidos. De seguro Antonio era quien había asesinado a todas esas personas visitantes de la Alameda, lo vio como un loco y tras comprobar la parte de la historia que le había contado, se disponía a detenerlo y dar por resulto el caso, obteniendo así el puesto CC. Procedería a hacerlo confesar esa misma tarde.

 Colocó el reporte en la mesa de la oficina de su jefe. Su jefe entró en el despacho y lo miró sorprendido, dio lectura al reporte y le dijo: -Sabía que eres el mejor, pero no esperaba que este caso lo resolvieras tan pronto. . . ¿Estás seguro de que ese pobre vagabundo no es inocente? ¿No quieres revisarlo?

-No, todo lo señala como culpable.

-Interesante e inquietante. . . Una especie de ángel de la muerte que nos señala para morir un día determinado.  Pero tu reporte dice que probablemente se suicide esta misma noche por que aun con su locura, creo que se dio cuenta de que ha sido descubierto. Ve de inmediato a detenerlo.

-Sí, pero lo mejor será esperar cuando esta noche el vagabundo se encuentre con la muerte, sobreviva o muera. En realidad da igual porque una cosa demostraría que está loco y la otra que tenía razón. El caso quedará cerrado.  –Cómo ve jefe, nos esperamos para mañana y solo voy a seguir platicando con él a ver que más le saco y vigilarlo toda la noche.

El jefe asintió con la cabeza. - Me gusta. . . – susurró. Puede que te consigas la vacante, está claro que no te involucras sentimentalmente con lo que investigas, pero le pones pasión. Eso es exactamente lo que necesitamos en este departamento, objetividad y dedicación.

- Gracias jefe. Dijo Samuel.

-He tenido que hablar con un vagabundo loco. Replicó Samuel, con la voz entrecortada. La suposición de culpabilidad de Antonio es segura, el puesto de CC será mío.          

-Mire jefe, regreso a la Alameda, sigo entrevistando al vagabundo, esperamos a ver qué pasa esta noche y ya veremos que hacemos mañana, ¿le parece? –Por lo pronto le voy a cumplir y le invito a cenar.

- ¿En serio crees que le debes algo a ese pordiosero?

- No le debo nada aun pero... ¿Se imagina que muere y se cumple su pronóstico?

-Si lo he entendido bien quieres pasar la noche con ese hombre, ¿cierto?

-Bueno, es parte de la investigación. 

Salió de la oficina absorto en sus pensamientos, algo le molestaba de lo que iba a hacer con el hombre, pero de ser ciertas sus suposiciones, se evitarían más muertes sospechosas. Ahora era preciso conocer que hacía con sus víctimas, porque la mayoría de éstas no eran encontradas.

El reloj marcaba ya las cuatro, la puntualidad de Samuel no fue correcta pero Antonio estaba como clavado a la banca, según lo observo desde donde estacionó el auto oficial pero sin emblemas de la corporación. Se iba a encaminar hacia él, pero se detuvo y volvió a subir al auto. No quiero estar solo con él. Se dijo a sí mismo. Voy a ver quién me puede acompañar. -Roberto, si Roberto está desocupado. Tomó el celular y llamó sin bajarse del carro.

Roberto llegó a reunirse con él en menos de media hora. Le contó rápidamente la situación. Aunque no era cobarde, si le causo algo de temor, la historia era medio terrorífica.

-Creo que no te acompañaré. Susurró. -He recordado que hoy no puedo.

- No me digas eso. Insistió Samuel. -Contaba contigo.

-No mano, hay nos vemos, hasta la vista. Se despidió.

-A que le temes güey, no sean miedoso. No te vayas así.

-No hombre, tú y tus investigaciones medio mafufas. Tú estás más loco que el viejo ese.

- Tienes razón, no eres el primero que me lo dice. Pero es mi acenso. La muerte viene por él, no por nosotros.

-Ya vez, estas bien loco, hay nos vemos mañana, después me cuentas como te fue.

No lo decía  en serio Roberto, es una forma de hablar.

- No es culpa tuya, es mía por haber venido a reunirme contigo, nos vemos otro día.

Samul le sujetó por el brazo y no necesitó hacer fuerza para que se quedara.

-Mira, lo invitamos a cenar y si no vemos que pase nada, nos vamos a tomar unas cheves, ok. Ese hombre agradecerá hasta que le compre un Hot Dog antes de ir a la cárcel.

Roberto aceptó cabizbajo y cambió su semblante.

-Mira mi Beto, de la muerte es de lo único que no escapamos cuando nos toca, nos toca. No seas miedoso.

-No quiero seguir hablando de eso. Vamos a ver a ese mendigo, es lo menos que puedo hacer. No podría perdonarme que te pasara algo por no acompañarte.

Se pasaron el resto de la tarde hablando del supuesto sujeto de sotana negra que el vagabundo veía a menudo  y cada vez era más creíble su historia. Samuel y Roberto solo escuchaban sin casi decir palabra alguna. Al parecer, Antonio no percibía la presencia de Roberto, hasta que preguntó a qué hora le invitarían a cenar.

-Te dije que te invitaría a cenar, así es que vamos a los tacos.

-¿Y este quién es? Preguntó. Miró a Roberto inquisitivamente y éste se presentó extendiendo la mano.

-Roberto. Dijo con amabilidad.

- Quisiera decir lo mismo aunque esperaba más intimidad. Protestó el mendigo.

-El invita, intervino Samuel.

-Ah, que tú invitas. El rostro del vagabundo mostró una sonrisa afable. En ese caso vamos, me muero de hambre.

 Los tres hombres se dispusieron a darle duro a los tacos, mientras Antonio, empezó a quejarse en voz alta del sistema judicial que lo tuvo tres años en la cárcel, pues él se decía totalmente inocente. De repente entremetía otro tema que no venía al caso y después continuaba asegurando que hoy en la noche, alguien iba a morir, y ese alguien era él.

-Ah, no, ¿qué hace el cielo? Me manda la muerte a mí, ¡A mí! Y no a esos desgraciados chupasangres mal nacidos que me lo quitaron todo.

-Disculpe. Le interrumpió el taquero rechoncho que hacia los tacos. Le ruego que no llame tanto la atención o tendré que pedirle que se vaya porque molesta a los clientes.

- Sí, señor caballero, no se preocupe no volveré a gritar, a veces me encorajino de más.

Cuando el taquero volvió a su trabajo, Antonio se quedó callado y pensativo.  No dijo nada más.

- ¿Cómo están los tacos? Inquirió Samuel.

- No he comido nada  mejor. Respondió Antonio sonriente.

-Tienen demasiados condimentos -replicó Roberto con cara de disgusto-. Y me da muchos gases, disculparme si me suelto algún soplido.

No terminó de decir la frase y soltó uno bastante ruidoso. Al hacerlo el mendigo rompió a reír al sentir que el olor fue tan intenso y desagradable que se tuvieron que tapar la nariz todos los demás clientes que rodeaban el puesto.

-Se me ha quitado el hambre. Se quejó Samuel, abanicando el aire que tenía delante de su nariz.

De nuevo se acercó el taquero y carraspeó a su lado. -Este es un local respetable, les ruego que se retiren ahora mismo de aquí. A pesar de su aparente educación, su tono era bastante imperativo.

- ¿Sí, deme la cuenta . . . Respondió Roberto con amabilidad.

- No es necesario, yo invito. Pero por favor, no vuelvan. Dijo el taquero.

Samuel se levantó y Roberto lo siguió encantado. La peste que flotaba en el ambiente invitaba a huir corriendo lo más lejos posible. Pero Antonio no se movió.

- No pienso dejar esta comida. Replicó. ¿Puede darme una bolsa para llevármela?

Aún quedaban cuatro tacos en el plato de cartón y por la cara de disgusto del vagabundo, no se iría sin ellos.

- Tenga, que pasen buena noche. Consintió el taquero obsequiándole una bolsa.

-Gracias. Aceptó el vagabundo, que hasta guardó los vasos de refrescos con cuidado en su interior.

Cuando llegaron de nuevo a la banca de la Alameda, Antonio saco los tacos de la bolsa y empezó a comer.

- De nada. Pronunció con dificultad, debido a que tenía la boca llena.

- ¿Qué? Preguntó Roberto, aún conmocionado. Nunca le habían echado de ninguna parte hasta ese día.

-Miren, al final la cena ha sido gratis. De perdido hubieran pagado más de cien pesos. Así que ya saben, no por ser vagabundo soy tonto y cochino.

- Nadie ha insinuado tal cosa.

- Tu cara habla por sí sola. Le acusó. Te doy asco, y a ti también. Señaló a Samuel.

- Ha sido un espectáculo desagradable. Se defendió él.

-Yo no soy un showman, güey. Soy una persona que vive como puede de lo que encuentra por ahí. - Creo que ya he pagado mi compromiso. . .

-No lo has hecho. Dijo Samuel. Pero esta noche me encargaré de que lo hagas, no has terminado de narrar tu historia. Su tono sonó amenazante.

-Ha sido divertido. Añadió Roberto.

- ¿En serio? Contestó Antonio terminando de tragar su pedazo de taco. Váyanse al diablo.

-No le volvieron a mirar, siguieron caminando hacia la banca, pensando en buscar un bar, rogando para sus adentros que el mendigo les dejara en paz y se quedara en la banca a dormir la mona. Pero les siguió mientras se comía el resto de los tacos, que en dos grandes bocados engulló como si fueran de aire.

- ¿A dónde van?  Preguntó Antonio.

- A buscar una cantina a esperar la madrugada para verte muerto. Respondió  Samuel.

-Los acompaño.

- No es necesario. Replicó Samuel, medio nervioso.

- No tengo a donde ir, quiero acompañarlos. Insistió el mendigo.

Samuel soltó un resoplido para evitar contestarle de mala manera.

- Preferimos que no vengas. Indicó Roberto.

De improviso, Antonio le dio una patada en la entrepierna a Roberto, aprovechando que el lugar estaba casi desierto y éste se dobló sobre sí mismo emitiendo un gemido de dolor. Cayó de rodillas sobre el andador de cemento y Samuel sintió que se detenían los latidos de su corazón. Saco su arma de debajo del sobaco y le apuntó a la cabeza. Sin inmutarse, escucho claramente al vagabundo.

- ¿Lo ves? Se rio Antonio. Tu amigo ya no puede acompañarnos. ¿Vamos?

Samuel, sin dejar de apuntarle se acercó al dolorido Roberto y le preguntó si estaba bien, pero no pudo ni responder.  Al descuidarse por atender a su amigo, Antonio le despoja de la pistola.

- Vamos, si no me llevas a tu casa te llevaré yo a la mía, que la forman estas miserables calles solitarias y obscuras.

El vagabundo lo cogió del brazo y tiró de él.

-¡Que haces pendejo, estás detenido! -gritó Samuel histérico-. No pienso ir contigo a ninguna parte, más que a la cárcel. ¡Dame mi arma!

-No me digas. Susurró Antonio, esgrimiendo la pistola y tirando la bolsa de los tacos y los refrescos al suelo. Tú vienes conmigo o tendré que matar a este cabrón.

Roberto intentó levantarse pero el dolor seguía impidiéndole ponerse en pie.

- ¡Vamos güey! No tengo toda la noche.

Samuel se dejó llevar por una de las calles más oscuras paralelas a la Alameda mientras sentía que el cañón la apuntaba a los riñones. Roberto se quedó tirado en el suelo.

-Antonio, no tienes por qué hacer esto, soy policía ¿recuerdas?

El mendigo clavó con fuerza la pistola en sus riñones para obligarlo a caminar más deprisa.

-Me vale. Gruñó. He sido agente del gobierno en el servicio secreto. Si quería iba al DF, a Estados Unidos, Guadalajara o a Can cun, todos los gastos estaban cubiertos incluida una jugosa paga extra. Pero cuando atropellé a mi mujer me dieron la espalda, me trataron como basura… Me quedé solo y sin nada.

- No tengo nada para ti, estoy como tú. Me van a correr por esto.

- Ese es tu problema.

-Déjame ir Antonio, Te lo juro. . . Te consigo dinero, si quieres joyas. . .    

Ante la insistencia de él Antonio chasqueó la lengua y lo interrumpió.

- Estoy hablando de tu vida, estúpido.

- Oh Dios mío. Pensó Samuel. -En que me he metido.

Ahora que sabía que iba a morir, su lengua se paralizó y su cuerpo se inundó de un temor tal que le restaba fuerzas para afrontar cualquier intento de lucha. Su mente se embotó con el sentimiento de terror que lo invadió. Lo que había deseado hacía unas pocas horas, se convirtió de repente en un ancla a que aferrarse. Lo que más temió fue convertirse en titular trágico del periódico de la mañana.

“Agente policiaco asesinado por ser demasiado entusiasta con sus investigaciones policiacas".

Puede que consiguieras el cargo CC si te hubiera contado mi verdadero secreto. Rio Antonio. -Pero me habrías denunciado y no podía consentirlo.

- ¿Qué quieres decir? Su voz sonó temblorosa.

- Oh, no te he mentido, solo oculté parte de la verdad.

- Tú eres esa parca.  Dedujo él con un hilo de voz.

- Nada más lejos de la realidad. Explicó recargándose en una desvencijada puerta de una casa vacía y abandonada. Por su aspecto parecía que nadie había estado ahí en veinte años.

-Cuando la muerte apareció frente a mi casa traté de deshacerme de ella y en cierto modo lo conseguí. Mi mujer estaba en la cocina cuando estrellé en la casa el coche creyendo acabar con esa pesadilla. Pero se ve que al morir Carmen, la muerte se vio satisfecha. En la cárcel dudé si me había ido a buscar a mí o a mi esposa, pero un año después volví a verla y esta vez le vi la cara. Era una mujer joven, como una sombra de la que sólo veía el rostro y supe que vino a buscarme a mí.

- ¿No era un hombre? Preguntó Samuel.

- Mi parca es una mujer, la primera era un tipo con gabardina negra, ese fue quien se llevó a Benjamín. Pero ya sé cómo aplacar a esa bruja, si mato a alguien en su presencia se lleva a esa persona y me deja un año tranquilo. Así que ahora conoces mi secreto.

- Por favor no me hagas daño.

- Me gustas Samuel, no mucha gente se acerca a hablar conmigo si no es para amenazarme que me vaya a otro lugar o que abrace la cruz de Cristo. No tengo nada contra ti pero has aparecido en el momento oportuno. Me has ahorrado tener que matar a un desconocido y si lo hiciera tendría más cargo de conciencia porque nunca se sabe si estás dejando huérfanos a unos críos. Tú eres soltero, no tienes a nadie así que...

- ¿Y mis padres? No me tienen más que a mí?. ¿Y mi novia?, pronto me iba a casar.

- Esos no me dan pena ninguna, lo superarán.

- Pero les quiero, lo dieron todo por mí y si muero les partirás el alma.

- Mírate, defendiendo tu vida igual que en un tribunal. Es una situación graciosa, como si pudieras convencerme de que vale más que la mía. A no ser. . . Sí, suena divertido, hay tiempo.

El mendigo buscó en las bolsas del pantalón de Samuel

-Aquí está. Extrajo el teléfono celular y se lo dio. Si llamas para que venga alguien te perdonaré la vida y mataré a esa persona. ¿Conoces a alguien que merezca morir más que tú?

Samuel se quedó helado y sin palabras. Le ofrecía una oportunidad de vivir si señalaba a alguien y, dado que estaba loco, tenía la certeza de que cumpliría su palabra.

Cogió el teléfono con nerviosismo y miró la pantalla, sus ojos batallaban para ver el directorio.

- ¿Cuánto tiempo tenemos?  Preguntó, nervioso.

- Unas tres horas.

Samuel comenzó a buscar y fue repasando mentalmente los nombres. Casi no podía mirar por miedo a no encontrar candidatos, pero su mente tenía claro uno, Su Jefe. Si había una persona en el mundo a la que odiaba era a su Jefe por condicionarle el puesto ofrecido. Además si moría... Seguramente le darían su puesto.

-Parece que lo tienes claro. Se emocionó el mendigo. Vamos llama, no me importa quién muera esta noche.

- No puedo hacerlo  Replicó, tembloroso. No podría cargar con eso. . .

-Claro que puedes. Mira, cuando empecé a trabajar como agente encubierto me dieron licencia para matar y pensé que no sería capaz, que yo no era un asesino. Pero cuando se trata de elegir entre tu vida y la de otro. . . Todos lo somos.

-No... No tienes por qué matar a nadie...

- Eso se lo cuentas a la que viene a por mí. Porque nunca comprenderé por qué merezco la muerte más que el resto del mundo. Te he cogido aprecio, pero sabes qué, mi pellejo es lo primero. A mí la muerte me da siempre un día para buscar un chivo expiatorio no quiero dejarte sin tu oportunidad así que busca a alguien en ese teléfono que pueda reemplazarte o morirás. A lo mejor ahora dudas, pero cuando te queden dos minutos serás capaz de llamar a tu madre, te lo aseguro. A medida que hablaba su tono se volvía más áspero.

- No puedo... Le dijo.

-¡Llama a alguien de una maldita vez! Enfatizó su impaciencia apuntándole a la cabeza. Samuel tuvo el arma tan cerca que vio el brillo redondeado de la bala en el interior del cañón.

- ¡No puedo! Grito desesperado.

-Entonces muere. Y empezó a presionar el gatillo.

-Espera, espera, voy a marcar.

A punto estaba de hacerlo cuando escucharon pisadas en la acera de enfrente alumbrada débilmente por un cansado y viejo foco de ventana y el mendigo le puso la mano en la boca mientras la apuntaba a la sien.

Al no escuchar nada más las pisadas de una sola persona le indicó con el dedo índice en los labios que guardara silencio y luego con el pulgar rozando su cuello le dejó claro que lo mataría al menor intento de llamar la atención.

Naturalmente obedeció, estaba tan asustado que le temblaba la mandíbula.

Antonio se asomó saliéndose un poco de la sombra protectora. Durante un segundo Samuel tuvo una oportunidad de saltar sobre él y tratar de quitarle la pistola, pero no lo hizo porque no podría dispararle, cosa que él también tendría presente.

-¿Cómo vez? Ahí tienes a tu amigo, buscándote. Murmuró mirándole a los ojos. Él lo haría si le dieras la oportunidad de morir por ti. ¿Qué, le hablamos?

Samuel temió que le escuchara hablar, pero una parte de él deseaba que llegara como un héroe de película y tras una pelea le arrebatase la pistola a Antonio. En un mundo feliz no tendría que morir ninguno de los tres. Pero si Roberto cruzaba la calle hacia ellos su vida llegaría a su fin sin saber qué lo mató, Antonio esperaba agazapado en lo más oscuro de la calle y dispararía apenas tratara de cruzar.

- Has perdido la ocasión Se escuchó la voz cascada del mendigo. -Ha pasado de largo. Miró el reloj y sonrió. Se sentaron en el umbral de la puerta y le dijo:

-Debería darte las gracias Continuó el mendigo con voz melosa, eres la única persona a la que he dado la oportunidad de cambiar su destino. La primera que entiende lo que siento y por eso me dolería que no fueras capaz de elegir a alguien para morir.

- No voy a seguirte el juego Replicó Samuel.

-Antes te quedaste mirando un nombre en el teléfono. Apuntó el mendigo. Vamos Samuel, dime quien es.

Samuel negó con la cabeza.

- No eres tú el que va a matarla, puedes culparme a mí Insistió Antonio. Es como yo lo veo, no soy yo quien mata sino que engaño a la muerte. Tenemos la oportunidad de cambiar nuestro destino, no la desaproveches, estoy seguro de que conoces a alguien que merece morir más que tú.

- ¿Merecerla? No merezco morir así. Se defendió enojado.

- Claro que no. Apoyó él rodeándolo con el brazo como si fuera un amigo íntimo, mientras hacía círculos con la pistola a escasos centímetros de su cara. -Ese, tu Jefe sí, vamos, marca su número, hazle venir. A nadie le gusta que una bala le reviente los sesos y por la cara que tienes no eres ninguna excepción. Adelante, es de humanos tratar de sobrevivir a toda costa.

El miedo a morir por primera vez logró romper la determinación que tenía. Miró el teléfono y se imaginó por un momento llamando a su Jefe y suplicando que acudiera a ese lugar cuanto antes. Si lograba convencerlo de que fuera, sería pidiéndole ayuda para hacer el arresto y a cambio de su ayuda recibiría un balazo. Si no acudía en su auxilio moriría sabiendo que hubiera matado con tal de sobrevivir, su alma no estaría limpia y se expondría a la condena eterna del infierno. No había sido muy creyente durante su vida pero ahora no hacía más que arrepentirse de todos los errores cometidos porque veía el reino del mal a escasos centímetros de su cara.

 -Hola Jefe. Saludó al escuchar su voz.  -Necesito apoyo para detener al causante de las desapariciones.

- Qué tontería, eres la única persona que lo puede hacer solo, no puedo ir, de veras, no puedo. Replicó su jefe al otro lado de la línea. -Mañana tengo audiencia temprano, lo siento.

Samuel se puso nervioso y miró a Antonio. Éste lo miraba con curiosidad. El muy cerdo disfrutaba como un niño de su juego macabro.

El mendigo lo miró extrañado cuando cortó la llamada y él se quedó mirando al vacío.

-No pienso ser cómplice de su muerte, no tengo ningún derecho de arruinar la vida de nadie.

- Como quieras, lo siento mucho por ti.

- Eres un asesino, no existe tal parca, está todo en tu cabeza y lo sabes perfectamente. Puede que me mates pero estaré esperando el día que mueras para verte pagar tus crímenes en el infierno.

Antonio borró su sonrisa conciliadora y se puso en pie. Apuntó a su cabeza nerviosamente y jugó a que disparaba e imitaba el sonido del disparo con la boca.

- Si te hubiera mentido,  ¿qué crees que me detendría para matarte ahora?

Samuel no supo qué contestar, se puso de pie y Antonio sonrió mostrando su dentadura, con cara de niño travieso. Jugó con la pistola haciendo círculos mientras hablaba.

-Todo el mundo debería tener la oportunidad de luchar para salvarse.

Se quedó mirando a los ojos al vagabundo y supo que tenía razón, debía luchar.

Aprovechando que Antonio no le apuntaba directamente se abalanzó sobre él y le quitó la pistola con más facilidad de la que esperaba. Cuando la tenía en su mano el vagabundo alargó el brazo para quitársela de nuevo, allí fue cuando le disparó tres balazos en el pecho. Mientras sus manos perdían fuerza y su mirada se apagaba, Samuel se dio cuenta de lo que acababa de hacer. Él tenía razón, debía luchar por su vida. Y aunque fuera mentira que viera a la muerte, esa noche Antonio la encontró por tratar de burlarla.

Había logrado escapar de un loco peligroso que habría matado cada año a una víctima al azar. Pero le entró miedo de que lo acusaran de utilizar fuerza exagerada en la detención del delincuente. Quería curarse en salud, por lo que de inmediato llamó de nuevo a su Jefe.

Después de tres interminables tonos escuchó su voz.

-¿Qué onda Toño?, ¿Ahora qué?

-Lo maté Jefe, lo maté, no pude evitarlo.

-¿Dónde estás? Preguntó.

-En la Alameda Jefe.

Ahora sí, su Jefe no se pudo negar a ir a su encuentro, justo en medio hora le vio aparecer por la esquina de la calle.

- ¿Qué pasó? Quiso saber.

- Me iba a matar como ya ha matado a decenas de personas... Aproveché un descuido y le quité la pistola, pero... Me la quiso quitar y le disparé tres tiros, no se movió más. Cree que la regué Jefe.

 Matar para defender tu vida no es delito, Samuel. Tu conciencia debería estar tranquila.

- Pues no lo está por la historia que me contó, jefe.    -¿Cree que me meteré en un lío? Acuérdese que escribí un reporte en el que anunciaba su muerte.

No te preocupes, toda saldrá bien, le decía su jefe al mismo tiempo que llamaba a los forenses para que recogieran el cadáver.

Samuel, mientras daba explicaciones a otros agentes que habían llegado a la escena del crimen, se recargó en una de las patrullas y comenzó a darse cuenta de lo cerca que había estado de morir. Y no solo eso, también que Antonio, ese loco vagabundo tenía razón, al final fue capaz de matar con tal de salvarse él mismo.

Mientras veía a su jefe dar ciertas instrucciones, vio que al otro lado de la ahora medio iluminada calle por las luces rojas y azules de las patrullas, a una mujer vestida de negro que lo miraba inmóvil. Su pelo era liso y ocultaba su cara con una capucha. Su ropa era como un vestido de fiesta que la cubría de los tobillos hasta el escote, que dejaba ver parte de su pálida piel.

Se puso de pie para verla mejor pero en cuanto pestañeó desapareció como una alucinación.

- ¿Estás bien? -Inquirió su jefe. Pero no contestó.

En su interior pensó que la muerte había venido a darle las gracias por acabar con el mendigo que la esquivaba. Eso podía ser, o a lo mejor ha venido a buscarme a mí.  Dedujo para sí mismo.

-Ok Samuel, necesitas descansar. Opinó su jefe.

Y Roberto, pensó de nuevo en su interior, habría que buscarlo y tratar de no involucrarlo en todo lo acontecido.

Tomó su automóvil y manejo por varias cuadras a la redonda hasta que lo vio tratando de abordar un taxi ya en la avenida principal al costado de la Alameda, lo recogió antes de que abordara y le contó con lujo de detalles todo lo sucedido, inclusive, la visión de la mujer al otro lado de la acera cuando estaba junto al cadáver de Antonio. Lo llevó hasta su carro y se despidieron quedando de verse después de descansar pasando el mediodía del día siguiente.

La vida de Samuel siguió su curso, le dieron el puesto deseado, a sus padres y a su novia no les contó nada de la aventura que acabada de pasar, solo con Roberto lo comentaba casi a diario, suerte que habían tenido de no morir aquella noche y se lamentaban el golpe bajo que el vagabundo le había propinado a Roberto en la entrepierna.

Así pasaron tres meses, seis, y siguió transcurriendo el tiempo, se hicieron planes de casamiento, Roberto sería el padrino.

Pero una noche fría, cuando había pasado justo un año después de la muerte de Antonio, Roberto y él se quedaron de ver para ir a tomarse unas cervezas y hablar sobre su próxima boda, se bajó de su automóvil y caminó en dirección a su casa cuando sintió que alguien le seguía. Vio claramente una sombra que iba a su lado, como si quien lo seguía estuviera dos pasos por detrás. Se volvió y no había nadie. Cuando llegó a la puerta de la casa de Roberto vio la sombra justo a su espalda y esta vez entró precipitadamente a la casa cerrando de un portazo. Roberto lo miro extrañado.

Entonces recordó el secreto del vagabundo al que mató. La muerte le acechaba una vez al año y sólo conseguía librarse de ella matando a alguien.

- No puede ser. Susurró. Era Roberto el que ahora debía morir.

Se escuchó un arañazo estridentemente en la puerta y se le puso la piel de gallina. Las palabras de Antonio se abrieron paso en su mente: La muerte era una mujer. Entonces entendió lo que nunca dijo Antonio, que se trataba de su esposa a la que mató para esquivar su cita con el más allá la primera vez. La misma que vio ella cuando le mató.

Con las manos temblorosas se asomó por la ventana ignorando a Roberto que absorto lo miraba. Allí estaba, se volvía a encontrar a la muerte.

-Antonio... Susurró al verle en pie frente a la ventana, mirándole fijamente.

Se alejó dando dos pasos atrás. La figura oscura atravesó el dintel de la ventana cruzando a través de la madera y el vidrio mientras le hablaba en voz baja: “Ha llegado tu hora”.

Samuel saco su arma de cargo, se situó junto al sorprendido Roberto, sólo había una manera de acabar con eso. Le rodeó con los brazos sobre los hombros, necesitaba despedirse. Antonio el vagabundo convertido en muerte, le miraba desde el umbral de la puerta con una sonrisa satánica.

- Todos son capaces de matar cuando ven a la muerte mirarles a los ojos. Dijo con una voz apenas audible para Samuel, no escuchada por Roberto, quien se le quedó mirando extrañado.

- ¿Te ocurre algo? Preguntó

- Tengo que hacerlo. Respondió mostrando la pistola y llorando desesperado, no hay otro modo de acabar con esta pesadilla.

Dicho eso elevó el arma a su sien y se disparó con ella, provocando una cascada de sangre sobre el confundido Roberto.

- ¡Noooo! Fue lo último que escuchó, al unísono entre el grito desesperado de la parca y el desgarrado y dolido de Roberto.

Samuel cayó sobre el piso de la habitación con una expresión de paz por saber que con su muerte la parca ya no obligaría a nadie más a volver a asesinar. Y todo, por investigar a la Muerte.