lunes, 9 de noviembre de 2015

OTRA DE TAXISTAS




“Cuando un pasajero sube al taxi y cierra la puerta comienza una nueva historia”. Así me lo dijo Manuel, el chofer de un taxi que tome para que me llevara a casa.

-¿Cómo ve, me cuenta la suya?. Inquirió tan pronto me acomode en el interior del automóvil.

-No mi amigo, le contesté. -Yo las escribo, ¿por qué no me cuenta usted una? Ha de recordar muchas por lo que me dijo cuándo subí, y si es una historia de amor, mucho mejor.

-Claro, pero no es de amor como todos lo conocemos, es una de amor mezclado con cariño, sin lástimas pero de amor puro. Ahí le va. Y comenzó su plática.

Una soleada mañana la operadora de nuestra frecuencia en la radio emitió la dirección de un viaje, acepté la carrera y me dirigí hacía allí. Era en la colonia Contry. Subió una señora mayor, pidiéndome ir a varios lugares; encendí el taxímetro y partimos hacia el centro de la ciudad.

En el camino se estableció la conversación habitual que se genera con los pasajeros: acerca del clima, la situación política, los titulares de los diarios, o lo complicado que está el tránsito en la ciudad. La señora, de nombre Alicia, me indicó los lugares por los que debíamos pasar y me dejó sobre el asiento del acompañante $200 como adelanto.

Luego de sus primeros comentarios, era evidente que la señora necesitaba hablar y contar su historia. Alicia era viuda, su esposo Ricardo le había dejado una empresa de ferretería floreciente y muy reconocida, que era manejada a partir de aquel momento en murió, por su hijo y sus tres nietos. Al morir su marido, Alicia entró en un estado depresivo que la mantuvo durante casi tres o cuatro años alejada de las decisiones de la empresa familiar.

Con el transcurrir del tiempo y con mucho apoyo psicológico, fue superando lentamente la perdida de Ricardo, su esposo. Pero fue relegada de las decisiones en la empresa, y la familia comenzó a decirle que las cosas no funcionaban bien y que debían vender algunos activos y bienes.

Ella, por su confianza, les brindó un poder absoluto sobre las decisiones que se debían encarar. Cuando tomó conciencia, su familia le había vendido la empresa y hasta su propia casa. Su hijo, con su esposa y nietos se fueron a vivir a Veracruz, de donde era originaria su nuera, dejándola con una amiga de toda la vida.

El domicilio donde la fui a buscar era la casa de su amiga que la alojaba provisoriamente hasta que ella encontrara una ubicación adecuada. Cuando llegamos a la dirección fijada en el centro, nos encontramos con una esquina que en su momento habría sido muy importante, pero ahora se encontraba cerrada, abandonada, semi-derruida y con los muros y las cortinas metálicas herrumbradas, pintadas con graffitis.

Al ver aquel espectáculo tan deprimente y desolador de lo que había sido la floreciente empresa de su esposo rompió en llanto y con la voz entrecortada me pidió que nos fuéramos rápidamente de allí y que la llevara nuevamente a la casa de su amiga.

Cuando llegamos me pidió mi número telefónico, por si volvía a necesitar otro viaje. En ese momento detuve el taxímetro y le reintegré $100, de los doscientos que me había dado. En principio se negó a tomarlos, pero ante mi insistencia accedió y me reconoció que eran los únicos pesos que tenía hasta que cobrara su pensión que el IMSS le otorgaba por la afiliación de su marido fallecido.

Después de aquella primera vez, volvimos a encontrarnos para otros viajes, estableciéndose entre nosotros un hermoso sentimiento de amistad; en la actualidad, la Sra. Alicia, se encuentra viviendo en una asilo par ancianos que ella solventa con su pensión.

Tanto yo como mi familia, que también la conoce, le hemos tomado mucho cariño y por lo menos una vez al mes, algún domingo, vamos hasta el asilo y la sacamos para almorzar y pasear hasta el anochecer.

En todos estos años no hemos vuelto a conversar sobre su familia residente en Veracruz, que nunca fue a visitarla al asilo donde vive acompañada por otras personas mayores que comparten sus historias personales a la espera de un futuro incierto.

Como se ha de haber dado, cuenta no siempre las historias en el taxi tienen un final brillante, pero todo esto forma parte de la vida, que es blanca, negra y con claroscuros. Así es la vida y tenemos que asumirla como es.

Terminó su plática y le agradecí su confianza.
Esta es la primera Historia de Amor que me cuentan y aunque no es en respuesta de mi aviso por el feis, por se la primera, con todo gusto la publico esperando sus comentarios. Saludos. Rogelio.


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