lunes, 9 de noviembre de 2015

PLATICA DE TAXI


Ama a tus padres si son justos; si no lo son, sopórtalos.

El gran arte de la vida es hacer de la vida una obra de arte.

Era el hombre invisible. . , pero que desgracia, nadie se daba cuenta.



Un viejecillo cascarrabias me contó su historia cuando me subí a su taxi, aquí la publico con algunos retoques.

Ando en taxi porque el Marquis (mi auto) ha decidido hacerme una prueba de supervivencia, una donde he necesitado cada gota de paciencia y audacia que mi cerebro puede generar. Me levanté muy temprano y traté de razonar con el Marquis, pero no pude hacerlo cambiar de parecer. Simplemente no quiso arrancar,  estaba sin batería.  

Que podía yo hacer. Nada. Entré de nuevo a casa, hice un corajito, luego hice otro corajito y ni modo . . , a ver televisión. Eso me tranquilizó, encontré una compilación de cosas graciosas que luego compartiré.

Al poco rato me preparé para salir y pedí un taxi para dirigirme mi negocio en Plaza La Silla, llamé a la base y no tardó en llegar uno y comenzó el viaje.

Venía manejando el taxi, un viejito cascarrabias que me preguntó:

― ¿A dónde?

―A Plaza La Silla ―respondí.  Él, con todas sus arrugas y una cara más de fastidio que de emoción, dijo:

―Vamos pues.

Me subí al coche y tropiezo con su jeta, que casi la enrollaba para guardarla en la cajuela. Me dio mucha curiosidad su amargura, así que le hice una pregunta, esta me llevó a otra y así, poco a poco, me contó su historia.

―La gente, a veces se enoja cuando le pregunto a dónde va. Me dijo.

―Sí, la gente hace lo que quiere. Le respondí.

―Mucha es grosera.

―Sí, también es ingrata.

―E irresponsable.

―Sí, la gente es irresponsable.

―El trabajo me cansa.

―Sí, es difícil el trabajo.

―Fui el administrador en una empresa, me empezó a contar. ―de donde me echaron por honesto.

―Sí, así suele pasar. Le respondí.

―Llevo muchos años en el taxi y así soy feliz.

―Sí, uno se acostumbra a ser el jefe propio.

―En casa la señora no está contenta.

―Sí, nunca lo están.

―Las señoras quieren dinero, quieren bienestar, pero también quieren que uno esté en la casa todo el tiempo, que participe en las reuniones familiares, que sea cariñoso y atento con los hijos.

―Sí, sé de eso. Le contestaba yo escuetamente.

―A las señoras les gusta quejarse. Que si no hiciste esto o aquello. Que si no les das suficiente dinero. Que si estuviste lejos. Que si tuvieron que dar la cara por sus hijos. Que si nunca estuviste ahí cuando te necesitaron.

―Sí, también sé de eso.

―¿Pero qué habría hecho mi señora si yo fuese un desgraciado? Me hubiese dejado, se ha asegurado de que yo lo sepa.

―Sí, definitivamente he escuchado eso.

―¿Tú? Me cuestionó.

―Sí, yo, no soy tan viejo como aparento.

―El matrimonio es difícil. El matrimonio es muy difícil. Uno se casa cegado por el amor, pensando que todas las diferencias se desvanecerán con el tiempo. Pero se equivocan, las diferencias quedan marcadas, se incrementan con el tiempo.

―No, no sabía eso. Pero ya van más de cuarenta años años.

―Ya estás acostumbrado entonces.

―Sí, no tengo problemas.

―Uno luego sacrifica muchas cosas, pero nunca suficiente. Uno deja pasar oportunidades y hace luego cosas que no quiere, y nunca es suficiente.

―Sí, parece que usted lee mi mente. Le dijo como para animarlo.

―Hace muchos años, cuando comenzaba apenas Cancún, tuve la oportunidad de administrar unas cabañas. Yo había vivido en el pueblo, pero la señora no, ella era gente de ciudad. A mí me gustaba, ella se quejaba. Era una vida sencilla y tranquila. Si no había huéspedes, a las siete nos preparábamos para la cama. No podíamos ver la televisión ni escuchar la radio, pero la playa era limpia y las arenas blancas. La gente pagaba por alejarse del mundo, y nosotros nos encargábamos de atenderlos bien, que tuvieran lo que quisieran.  Pero la señora no era feliz ahí. Teníamos ya como dos años en la cabaña, cuando me dijo que se marchaba, que podía quedarme solo si así lo deseaba. Pero yo sin la señora no quise, así que regresamos a la ciudad. Me gustaba mucho esa vida, era una vida sencilla y tranquila y que pasó. Que ahora aquí me tiene, manejando un taxi rentado, con la misma vieja y los hijos lejos, muy lejos allá en Mérida, a donde ya no vamos ni de vacaciones. Así como quiere que traiga buena cara, pero un día, si un día de estos me voy con todo y el carro hasta Cancun y desaparezco para quedarme de vago vagando por la playa.

―A su edad yo ni lo pensaba, de seguro a los días que se pierda, lo localizan y al bote, así es que relájese y siga manejando el taxi, pero feliz y contento.

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