Ama a tus
padres si son justos; si no lo son, sopórtalos.
El gran arte
de la vida es hacer de la vida una obra de arte.
Era el
hombre invisible. . , pero que desgracia, nadie se daba cuenta.
Un viejecillo
cascarrabias me contó su historia cuando me subí a su taxi, aquí la publico con
algunos retoques.
Ando en taxi
porque el Marquis (mi auto) ha decidido hacerme una prueba de supervivencia,
una donde he necesitado cada gota de paciencia y audacia que mi cerebro puede
generar. Me levanté muy temprano y traté de razonar con el Marquis, pero no
pude hacerlo cambiar de parecer. Simplemente no quiso arrancar, estaba sin batería.
Que podía yo
hacer. Nada. Entré de nuevo a casa, hice un corajito, luego hice otro corajito
y ni modo . . , a ver televisión. Eso me tranquilizó, encontré una compilación
de cosas graciosas que luego compartiré.
Al poco rato me
preparé para salir y pedí un taxi para dirigirme mi negocio en Plaza La Silla, llamé
a la base y no tardó en llegar uno y comenzó el viaje.
Venía manejando
el taxi, un viejito cascarrabias que me preguntó:
― ¿A dónde?
―A Plaza La
Silla ―respondí. Él, con todas sus
arrugas y una cara más de fastidio que de emoción, dijo:
―Vamos pues.
Me subí al coche
y tropiezo con su jeta, que casi la enrollaba para guardarla en la cajuela. Me
dio mucha curiosidad su amargura, así que le hice una pregunta, esta me llevó a
otra y así, poco a poco, me contó su historia.
―La gente, a
veces se enoja cuando le pregunto a dónde va. Me dijo.
―Sí, la gente
hace lo que quiere. Le respondí.
―Mucha es
grosera.
―Sí, también es
ingrata.
―E irresponsable.
―Sí, la gente es
irresponsable.
―El trabajo me
cansa.
―Sí, es difícil
el trabajo.
―Fui el administrador
en una empresa, me empezó a contar. ―de donde me echaron por honesto.
―Sí, así suele
pasar. Le respondí.
―Llevo muchos
años en el taxi y así soy feliz.
―Sí, uno se
acostumbra a ser el jefe propio.
―En casa la
señora no está contenta.
―Sí, nunca lo están.
―Las señoras
quieren dinero, quieren bienestar, pero también quieren que uno esté en la casa
todo el tiempo, que participe en las reuniones familiares, que sea cariñoso y
atento con los hijos.
―Sí, sé de eso.
Le contestaba yo escuetamente.
―A las señoras
les gusta quejarse. Que si no hiciste esto o aquello. Que si no les das
suficiente dinero. Que si estuviste lejos. Que si tuvieron que dar la cara por
sus hijos. Que si nunca estuviste ahí cuando te necesitaron.
―Sí, también sé
de eso.
―¿Pero qué
habría hecho mi señora si yo fuese un desgraciado? Me hubiese dejado, se ha
asegurado de que yo lo sepa.
―Sí,
definitivamente he escuchado eso.
―¿Tú? Me
cuestionó.
―Sí, yo, no soy
tan viejo como aparento.
―El matrimonio
es difícil. El matrimonio es muy difícil. Uno se casa cegado por el amor,
pensando que todas las diferencias se desvanecerán con el tiempo. Pero se
equivocan, las diferencias quedan marcadas, se incrementan con el tiempo.
―No, no sabía
eso. Pero ya van más de cuarenta años años.
―Ya estás acostumbrado
entonces.
―Sí, no tengo
problemas.
―Uno luego
sacrifica muchas cosas, pero nunca suficiente. Uno deja pasar oportunidades y
hace luego cosas que no quiere, y nunca es suficiente.
―Sí, parece que usted
lee mi mente. Le dijo como para animarlo.
―Hace muchos
años, cuando comenzaba apenas Cancún, tuve la oportunidad de administrar unas
cabañas. Yo había vivido en el pueblo, pero la señora no, ella era gente de
ciudad. A mí me gustaba, ella se quejaba. Era una vida sencilla y tranquila. Si
no había huéspedes, a las siete nos preparábamos para la cama. No podíamos ver
la televisión ni escuchar la radio, pero la playa era limpia y las arenas
blancas. La gente pagaba por alejarse del mundo, y nosotros nos encargábamos de
atenderlos bien, que tuvieran lo que quisieran.
Pero la señora no era feliz ahí. Teníamos ya como dos años en la cabaña,
cuando me dijo que se marchaba, que podía quedarme solo si así lo deseaba. Pero
yo sin la señora no quise, así que regresamos a la ciudad. Me gustaba mucho esa
vida, era una vida sencilla y tranquila y que pasó. Que ahora aquí me tiene,
manejando un taxi rentado, con la misma vieja y los hijos lejos, muy lejos allá
en Mérida, a donde ya no vamos ni de vacaciones. Así como quiere que traiga
buena cara, pero un día, si un día de estos me voy con todo y el carro hasta
Cancun y desaparezco para quedarme de vago vagando por la playa.
―A su edad yo ni
lo pensaba, de seguro a los días que se pierda, lo localizan y al bote, así es
que relájese y siga manejando el taxi, pero feliz y contento.
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